miércoles, octubre 18, 2017

La Bestia en desgracia

El señor Harvey Weinstein cayó en desgracia literalmente de la noche a la mañana. Hasta comienzos de octubre 2017 era uno de los hombres más poderosos del “show business” pero hoy sus amigos se alejan y se retractan hasta de haberlo defendido solo momentos antes.

Oliver Stone llamó a la cordura y a esperar que las acusaciones se diluciden en un tribunal. La actriz Lindsay Lohan le pidió a la esposa del productor estar con él en esta hora difícil. La diseñadora Donna Karan insinuaba que no todo era culpa de Weinstein, también las formas de vestir de algunas mujeres provocaban estas reacciones. Por supuesto los arrepentimientos no se hicieron esperar. Tengo para mí que quienes adelantaron su defensa, veían a Weinstein como un “too big to fail”, pero que ahora que pareciera que está en grandes problemas, muestran arrepentimiento por su ligereza.

Hasta mi admirado Quentin Tarantino, niño mimado del caído productor, aunque lo considera su amigo, en principio pidió unos días para evaluar cuidadosamente cuál sería su declaración sobre el tema. Weinstein era sin duda una figura con la que nadie se quería meter.

Weinstein es un tipo de un talento especial: Reconocer buenas películas. O hacer buenas relaciones para que siempre estuvieran en la mira de algún premio importante. Bajo su desempeño tanto en Miramax como en The Weinstein Company, lograron películas con buenos resultados económicos, otras con distintas nominaciones a los premios Oscar y otras para el puro entretenimiento sin mayores aspiraciones artísticas. Pero en todo caso, se trataba de un hombre exitoso. 

Su fama de acosador sexual no era nueva ni ajena al mundo de Hollywood. Simplemente era ignorada. ¿La razón de tanto silencio? Weinstein era un hombre poderoso, que decidía quien entraba y quien salía... y a quién se le destruía. Pero de vez en cuando se dejaba colar algo sobre el comportamiento del productor. En 2013, por ejemplo, Seth McFarlane, en una ceremonia de los premios Oscar, se atrevió a decir, en relación con las actrices nominadas al mejor papel secundario: “Felicitaciones, ustedes cinco ya no necesitan seguir fingiendo que les gusta Harvey Weinstein”. Hubo muchas carcajadas y una sonrisa incómoda de Emma Stone, quien le acompañaba en el escenario.

La caída Weinstein en 2017 va acompañada de sendos artículos sobre el tema publicados en “The New York Times” y “The New Yorker”, este último fue escrito por Ronan Farrow, hijo biológico de Woody Allen y Mia Farrow. Farrow, es sabido, está alejado de su padre pues se solidarizó con su madre luego del escándalo sexual del director y su extraña relación (por decirlo eufemísticamente) con una hijastra. Por lo que el tema de su reportaje le era cercano y a la vez doloroso.

Farrow trabajó por 10 meses en el reportaje y entrevistó a varias mujeres. Sus testimonios son impactantes y dan cuenta del poder de Weinstein, quien contaba con un equipo legal dispuesto a todo para sacar a su cliente de cuanto agravio cometía. En el caso de la denuncia de una modelo de apellido Gutiérrez, aun con grabación en mano del acoso, la Fiscalía no efectuó ninguna acusación por ciertos hechos que podían hacer ver, frente a un jurado, que la modelo era una persona de una dudosa reputación. El caso terminó con un arreglo extrajudicial con ella, que incluía un acuerdo de confidencialidad (non-disclosure agreement).

La pregunta que surge a frente a las denuncias en contra de Weinstein (apartando las relacionadas con violaciones, que señalan violencia y por tanto coacción contra la víctima y ausencia de consentimiento de su parte) es que las mujeres en estos casos eran mayores de edad, sin impedimento físico o mental, que frente a los avances sexuales del productor bien podían negarse, marcharse y dejarlo envuelto en su bata de baño.

Sin embargo, y sin intención de considerar que todos los casos fueron iguales, pues seguramente algunos son más dramáticos que otros, hay varios factores que apuntan concluir que se trataba de una actitud depredadora inexcusable y sin atenuantes por Weinstein: Se trataba de un hombre con mucho poder (incluyendo el físico), que sabía que lo tenía y buscaba aprovecharse de él para su beneficio. Las víctimas son mujeres que están comenzando su carrera, jóvenes sin mayor experiencia, que saben (o creen) que rechazar los avances de Weinstein tendría consecuencias negativas para sus aspiraciones profesionales. Además, los encuentros eran arreglados por empleados de su empresa para parecer reuniones de trabajo, pero todos conducían a la habitación del productor. Era un entramado montado para quebrar la voluntad de las víctimas.

Más triste aún es que su esposa Georgina Chapman, que hoy rauda abandona a su esposo a su suerte, por años se benefició de este acoso, pues Weinstein imponía a las actrices que usaran la ropa diseñada por la empresa Marchesa propiedad de ella. Hay que ver si esta relación pasa por debajo de la mesa o se convierte también en un tema de discusión es este macabro asunto.

Lo importante de casos como el de Weinstein (y acá se puede agregar a Bill O´Reilly, Bill Cosby y Roger Ailes) es que hay un cambio significativo de la sociedad frente a estos casos, para apreciar que son casos complejos, en los que más que juzgar el resultado, hay que evaluar toda la interacción de elementos que permiten que el depredador saque provecho de un acto sin consentimiento, y que además saliera ileso y más bien con la ventaja de que la duda recaiga sobre la víctima.

Algunos afirman que la caída de Weinstein está relacionada con la decadencia de su empresa y su influencia en el mundo del espectáculo. Pareciera que esos hombres otrora poderosos son empujados al abismo a la primera muestra de debilidad. Es seguro que este no será el último escándalo de esta naturaleza… veremos cómo termina.

Jesus Lopez Cegarra

sábado, mayo 20, 2017

En búsqueda del Paraíso

De vez en cuando soy asaltado por dudas existenciales. No es una preocupación mayor, porque a falta de una mejor definición, soy lo que se puede llamar un “agnóstico”, es decir, que declaro mi ignorancia a todo aquellos que trasciende la experiencia, si he de creer a lo que dice el Diccionario sobre el tema. En otras palabras, todo lo que está más allá de la muerte forma parte de lo especulativo. Que si es así o si es de esta otra manera no lo sabemos, porque nadie ha venido a darnos detalles. Después de la muerte, es un “one way ticket”. Al menos eso es lo que nos dice la experiencia.

Pero tenemos la religión. No una, cientos. Y de muy variado pelaje. Un Dios. Varios Dioses. Algunas extintas como los dinosaurios. Otras sobreviven a pesar del tiempo, como la católica. Pero hay ciertos elementos comunes (no pretendo ser experto en el tema, ni tampoco lo aspiro), pero en términos generales hay la creencia de una divinidad que debe ser venerada y que exige determinados comportamientos, tanto en lo personal como en lo social, lo que incluye la observancia de determinados rituales, como ir a una ceremonia cada tanto, o ir a ciertos lugares.

En muchas de esas religiones, lo que se plantea es que estamos en una especia de transición en este sitio que llamamos “tierra”, y de acuerdo a con nuestras acciones tendremos una recompensa o seremos castigados. Al morir, se revisa nuestra contabilidad. El “debe” y el “haber”. Se busca saber cómo administramos nuestras acciones. Si son malas, pues es un pasivo. Si son buenas, un activo. El resultado determina en dónde nos ubican. Más "activos" nos conduce al “Paraíso”.

Mi formación religiosa fue en el catolicismo, por lo que “Paraíso” significa esencialmente dos cosas: El lugar donde Adán y Eva vivían plácidamente hasta que, en su condición de inquilinos, incumplieron con una cláusula que acarreaba la rescisión del contrato de inquilinato con el creador; así como el lugar en que los “buenos administradores” de sus acciones se reunirán con Dios.

Sin embargo, hay personas que obviamente pertenecen al otro lado de ese espectro. Van desde los tibios y pusilánimes agnósticos como este servidor, hasta los más radicales que no creen en lo absoluto que exista tal cosa como un Dios “creador del cielo y de la tierra”. Son gentes que igual hablan de Dios todo el tiempo, pero en sentido negativo en cuanto a su existencia, si hacemos caso a lo que nos decía el reconocido autor católico alemán Heinrich Böll, en su gran novela “Opiniones de un Payaso”.

Más aún, dentro de estos se ubica una sub-especie que no cree que eso de un paraíso “elsewhere”, y su búsqueda está aquí, entre nosotros, hay que construirlo y no esperarlo en una vida posterior. A esos constructores de un mundo mejor les llaman “socialistas” y/o “comunistas”. Es una fauna tan variada como las religiones, porque, a fin de cuentas, es también una religión, con sus dioses, santos y liturgia. Y aunque algunos de estos intentos se apoyan en su “condición seglar”, mucho de su fundamento se basa en ideas religiosas.

Eso de construir un paraíso en la tierra no es tarea fácil porque habría que empezar por definir y caracterizar qué es eso de un “paraíso terrenal”. ¿Quiénes determinan el qué, quién y el cómo? Al no mediar una divinidad, pues es un ser humano quien lo hace, es claro que está sujeto a las limitaciones intelectuales y prejuicios que cualquiera puede tener. De esos experimentos del paraíso terrenal hay históricamente varios que se han implementado y el saldo no es especialmente alentador.

En la historia del siglo XX, hubo un experimento que por mucho tiempo fue, ¿cómo decirlo?... ¿inspirador? para muchas luchas y rebeliones contra la desigualdad y la injusticia. Tuvo lugar en Rusia en 1917 con una revolución que impuso un modelo “marxista-leninista” a lo largo de gran parte del siglo XX. Aunque la propaganda relataba un estado de bienestar y progreso social y tecnológico, en la ineludible realidad resultados no dan cuenta de un éxito de un avance en las condiciones de vida de los ciudadanos y de los países que a la fuerza anexaron a lo que se llamó la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS). Por el contrario, se trató de un sistema que conculcó libertades y no tuvo logros significativos desde el punto de vista económico.

Porque el problema de los “paraísos”, al menos de como lo hemos concebido acá en este estrecho planeta, es que no sabemos qué es eso de un “paraíso”. Lo que se ha filtrado en todo esto es que hay un menú, o al menos el “paraíso” soviético nos daba cuenta de que las opciones de la felicidad son limitadas, y lo que es peor, que ese paraíso termina en una pesadilla kafkiana en la que no importa cuánto se avance, siempre hay un trecho pendiente por recorrer.

El experimento ruso fracasó. Estruendosamente. Inexorablemente. Al parecer la gente necesita un poco más. En la medida que vemos lo básico satisfecho, aspiramos a algo más, y no todo termina en una avaricia incontenible. Al ver logradas ciertas necesidades (alimento, vivienda, abrigo), van surgiendo de ahí las obras grandes de la humanidad. Poco sale del hambre y la miseria. Es muy difícil tratar de atender insuficiencias básicas y escribir, pintar o diseñar una obra maestra.

Y todo esto me lleva sobre lo que quería escribir. Sobre la atribulada Venezuela que hoy vive su hora más menguada. Ese experimento del paraíso terrenal también se intentó acá, pero no se hizo con los mejores ni con una idea clara del objetivo. Se tomó como modelo un modelo fracasado, el cubano que derivaba del soviético que había corrido la misma suerte.

Se tomaron millones sobre millones de dólares de la renta petrolera para satisfacer la delirante fantasía de un “Socialismo” acuñado como “del siglo XXI”, pero en se realidad adoptó lo peor de las experiencias fracasadas. La propaganda oficial muestra “logros”, “felicidad” pero acá mismo, desde donde estoy sentado puedo ver como los mendigos andan rebuscando sobras en la basura.

Jesus Lopez Cegarra

sábado, enero 21, 2017

La novela de la adversidad



(I)

¿Se escribirá algún día la “gran novela del chavismo”?, o visto desde otra perspectiva ¿Valdrá la pena escribirla, tendrá algún tipo de trascendencia el tema? Contestar esta pregunta en uno u otro sentido puede ser una apuesta arriesgada. Tal vez no se ha empezado a escribir, probablemente no existe la mente brillante que lo pueda ejecutar o no se haga nunca. Pero al menos un autor venezolano, Alberto Barrera Tyzska lo ha intentado y al menos, esa aproximación, ese “ensayo” tiene su mérito.

(II)

Para cualquier venezolano, que viva, haya vivido o escapado la historia de Venezuela que comenzó en 1998, (o quizás en 1992, o tal vez mucho antes, 1958, 1945, 1935... desde donde queramos comenzar a entender este infierno) y que se ha prolongado hasta el presente, es posible identificarse o al menos entender e identificarse con la trama de la novela “Patria o Muerte” de Alberto Barrera Tyzska. Cada escritor es perseguido por los fantasmas y personajes que luego transfiere a las páginas de la obra y Barrera lo hace como una manera de esa búsqueda de la comprensión de la realidad actual de Venezuela.

Leí el libro en unos pocos días. Las pausas que daba eran solo para darle salida a tanta saturación de la realidad venezolana. Si se vive en esta “casa de locos” que llamamos Venezuela es casi nulo el efecto sorpresa en lo que Barrera narra:la violencia, la muerte y el desconcierto que gira alrededor de un país y del personaje que la dominó en los últimos tres lustros: El teniente-coronel Hugo Chávez y más aun, sobre la incógnita y especulación alrededor de su enfermedad y muerte.

(III)

El problema de eso que ahora llamamos “Chavismo” es que no se trata de una ideología. Chávez no era un intelectual, como lo quisieron hacer ver sectores interesados luego del intento de golpe de estado en 1992 (y si hay alguna duda, revisen un libro que se llama “Una Banda Tricolor”, un texto plagado del más burdo patrioterismo y de lugares comunes que parece escrito por un adolescente sin formación), sino más bien un tipo que probablemente tuvo buenas intenciones (“La intención no basta” se dice en ocasiones con severidad para atacar los malos resultados de las buenas intenciones), que tuvo una oportunidad irrepetible en cuanto a apoyo y oportunidades para construir una nación próspera y laboriosa, pero que con el tiempo viró su visión y decidió construir un andamiaje que diera sostén a sus aspiraciones de mantenerse indefinidamente en el poder...pero que para su infortunio la muerte lo alcanzó en la cumbre de su proyecto, solo para heredarle su legado al más despistado de los miembros de su círculo íntimo.

(IV)

No me gustó la novela de Barrera. Entre otras cosas, me molesta que usara una forma literaria como panfleto publicitario para promocionar los libros de alguno de sus “panas” (amigos en Venezuela). Cualquier lector avisado se da cuenta de ese detalle. Eso ya de por sí descalifica cualquier propuesta de ficción. Pero también hay una carencia que toda buena ficción debe tener y es la credibilidad: Una buena ficción es capaz de hacernos creer aun lo que por sentido común sabemos que es imposible: Un hombre que se transforma en bicho o una mujer que tomando unas sábanas se eleva por los cielos. Aunque Barrera toma la cotidianidad venezolana como insumo, hay ciertos momentos en que la “realidad literaria” se ve demasiado forzada y se torna inaceptable o poco creíble para cualquier lector serio.


(V)

Además, leer la novela de Barrera y leer El Nacional” de los últimos 15 años no resulta distinto. Muerte, violencia, injusticia, desgobierno, desazón, incertidumbre, caos, desesperanza, chisme, información-desinformación, populismo, corrupción, patrioterismo, zozobra, mafia, gansters. Entre lo que narra Barrera y lo cotidiano no hay mayor diferencia. No agregó el elemento hedonista que una buena ficción )por más horrible que se a el tema) nos cuente. El único sentimiento que surge de la lectura (y que una simple visión de lo que nos rodea igual puede sugerir de la misma manera y hasta intensidad) es que estamos Venezuela está sumergida en la más putrefacta cloaca...y la esperanza de salir es casi nula. El chavismo logró degenerar al país de norte a sur, de arriba a abajo, de este a oeste, o sea, en cualquier dirección y sentido que recorramos. 

Jesús López Cegarra

sábado, noviembre 26, 2016

¿Dónde está Gabriel García Márquez?



Cuando era adolescente, en los cada vez más lejanos 1980, la moda junto con las hombreras, los calentadores y Madonna, era, en lo que a literatura se refería, Gabriel García Márquez. Todo parecía girar en torno a este escritor, que muy probablemente le disgustaba tanta celebridad. 

Más de un escribidor, periodista, columnista buscaba arañar el estatus de “intelectual” parafraseando (o deformando) los títulos de los libros o las frases del escritor. Particular saña se aplicaba con “Crónica de una muerte anunciada”. Por ejemplo, si un gobernante tomaba una mala decisión y las consecuencias de la misma se materializaba en el daño previsto, más de uno soltaba: “Pues esto no es más que la crónica de una muerte anunciada”. Si alguien había sido alguna vez una celebridad, pero era luego olvidado por cualquier motivo y alguien recordaba como ese antiguo encumbrado vivía el presente en la más extrema ignominia, pues se decía con aires intelectuales “Fulano no tiene quien le escriba”. Si alguien estaba en una mala racha, pues vivía su “Mala Hora”. Los títulos de esas obras de García Márquez se convirtieron, por imposición de la moda, en los más detestables lugares comunes que se podían proferir.

La izquierda en Latinoamérica se sentía feliz de contar entre los suyos a una celebridad leída (o conocida) por muchos, quien además no ocultaba su fascinación acrítica por el hoy fallecido Fidel Castro, dictador latinoamericano que por conveniencia abrazó la fe marxista-leninista a quien entonces muchos tontos aplaudían como el gran paladín de la lucha anti-imperialista, y que era el gran ícono de la pseudo rebeldía que sentía más de un “académico” de las Universidades Públicas que en su fuero interno se negaba a abandonar los gustos burgueses.

La derecha se dejaba enredar también por la celebridad del colombiano, bien sea posando para una foto, o reconociendo sus méritos, o contraponiendo como “mejor” escritor a Jorge Luis Borges, otro fetiche que oponían quienes se consideraban con gusto más refinado y que buscaban relegar a García Márquez a un fenómeno secundario algo superior a Corín Tellado. 

García Márquez no era un pensador, no era siquiera un ensayista (y no se entienda esto como una afrenta o menosprecio, es una opinión de buena fe). Siempre reivindicó su condición de reportero, de ser un instrumento para apreciar los hechos y sus protagonistas y transmitir su apreciación de la manera más pulida y adornada. Y eso no es una crítica en sí misma, porque realmente su virtud fue ser un gran orfebre, de una florida y fértil imaginación, que sabía cómo usar magistralmente la palabra para hacer hermosos  juegos pirotécnicos y dejar con la boca abierta a su espectador.
Por supuesto Borges y García Márquez eran grandes escritores. Ambos los leí y si me apuran, me parece que Borges era más cuidadoso en no publicar escritos que estuvieran por debajo de lo que se esperaba de él. Porque Borges, sin duda, era un campeón de la precisión y la concisión, virtudes con las que un escritor rara vez se equivoca.

García Márquez, luego de su Nobel de Literatura en 1982, con la excepción tal vez de “El Amor en los tiempos del cólera”, no publicó algo relevante. Bien visto, le ocurrió como a los Rolling Stones, lo verdaderamente notable lo hicieron en los años 1960. “El General en su laberinto” fue un intento algo flojo de ver el Bolívar de sus últimos días, “Memorias de mis putas tristes” un lamentable esfuerzo de sacarle dinero a los incautos lectores. “Vivir para contarla” son unas memorias soporíferas, que vienen a ser algo así como cuando un gran prestidigitador revela sus trucos, y todo aquello que parecía magia, no son más que pequeñas trampas, artilugios y distracciones. Con este libro, el escritor logra que el pueblo alucinante de Macondo y sus habitantes de ficción no sean más que cosas pedestres y terrenales. Ni hablar de “Del amor y otros demonios” y “Noticias de un secuestro”, libros realmente flojos.

 Con la edad y el tiempo ese prestigio y preponderancia mediática de García Márquez se fueron apagando. Ha caído lenta y fatalmente en un injusto olvido. ¿Sobrevivirá a esta indiferencia?... Bueno, por ahora lo está haciendo en Colombia… en forma de billete.



Jesús López Cegarra

viernes, noviembre 18, 2016

De cómo Bob Dylan ganó el premio Nobel hace muchos años



En ocasiones, cuando algún sueño queda ahí en la memoria sin que se borre, trato de tomar algún pedazo de papel y escribir lo que sale. Y así tengo esas notas por ahí, desordenadas, inorgánicas, esperando un algo que no logro descifrar. En uno de esos sueños, que debí tener probablemente hacia 2005-2006, tal vez antes (no estoy seguro, pero por algunas notas posteriores, estimo que por ahí estuvo el momento) grupos de minorías y bohemios habían postulado a un músico autor de canciones poéticas al premio Nobel de Literatura… y lo había recibido efectivamente. En lo que escribí del improbable sueño decía textualmente “…pero lo conquistó (el premio Nobel) y todos celebramos su discurso al recibirlo, lleno de metáforas y ¡claro! Con el lenguaje ambiguo que atrae (ilegible, a pesar de ser mi letra).” En el sueño Dylan tenía otro nombre ( Comte Bleu o Blue), pero era él.



Por supuesto que cualquier lector de estas notas podrá pensar que deseo reivindicar “facultades adivinatorias” y nada está más lejos de mi intención. Es solo que al revisar esas notas, veía en la entrega del premio a un músico que escribía letras maravillosas llenas de poesía, un acto de reivindicación al mensaje que esas letras buscaban transmitir, que frente a “… otros candidatos de “mayor jerarquía” (viejos escritores que lo esperaban como recompensa a su obra), era casi impensable que estos bohemios pudieran hacer tanta bulla y lograr que ese ídolo que en ocasiones ora permitió [a otros] conquistar a una chica con sus suaves melodías y ambiguas letras, ora permitía alzarse y protestar contra cualquier cosa, lograra ese ansiado premio …” se imponía una visión distinta y revolucionaria contra un orden establecido injusto.

Aunque hoy día sigo creyendo que la justicia social es un bien preciado que la humanidad debe buscar. Pero ese Premio Nobel que hace años en sueños veía con burla como la aspiración, la coronación a viejos escritores que lo ansían como la culminación a una carrera, hoy en día veo como esa crítica proveniente del fondo del inconsciente como dura e injustificada.

Hay que empezar por entender qué hace un escritor y qué hace un músico.  Un escritor plantea su obra como algo orgánico que se inicia en su mente y se plasmará en un formato que tendrá forma de libro. Existe público, un consumidor de estos libros. Hay ciertos escritores que por la forma, el estilo, profundidad en los temas, contenido se les atribuye un carácter “literario”. Aunque la palabra literatura se usa para obras en cualquier rama del conocimiento (literatura médica, por ejemplo), el sentido que le da la Academia Sueca (y el que los amantes de la literatura atribuimos) es para quienes usan la palabra para darle una forma artística, en una novela, un poema, un ensayo. Reducir la literatura a lo anterior puede ser muy limitativo y hasta injusto porque excluye las obras de carácter oral e incluso, a músicos como el caso de Dylan.

Por otro lado tenemos a un músico compositor (¿letrista?) que conjuga la música con letras de variado contenido. Un músico igual será conocido y apreciado en la medida que lleve su obra a un formato reproducible (un CD, un archivo digital). Al igual que en el mundo de los libros, hay de todo, desde lo intrascendente y puntual impuesto por moda, hasta lo más elaborado y complejo, en donde nuevamente podemos colocar a un Bob Dylan, al dúo Lennon y McCartney, entre otros.

El premio Nobel de Literatura, desde su creación, ha premiado obras y autores “literarios” como definíamos anteriormente. No se coló por allí alguien de las características de Dylan. Más bien se metieron un montón de desconocidos, algunos sobrevalorados y otros ya olvidados. Y han dejado por fuera a un importante grupo de excelsos escritores entre los que contamos a Jorge Luis Borges, León Tolstoi, James Joyce, Julio Cortázar.

Bajo la lógica de quienes han recibido el premio, es difícil entender la decisión de la Academia Sueca. ¿Buscaba la sorpresa para atraer un nuevo público, para aparentar o mostrar modernidad? Porque con cualquiera de los anteriores ganadores, los que estamos afuera más o menos sabíamos a qué atenernos. Cuando concedían el premio, a los pocos días uno pasaba por alguna librería para ver exhibidos los libros del laureado. Pero con Dylan… se buscan los CD (hoy en día un formato con los días contados), se acude al “streaming”, a la descarga por internet, a “YouTube”… ¿Qué se premió, la letra, la letra con la música, la letra la música y la interpretación?, pues según la Academia, se lo merece por “(…) haber creado nuevas expresiones poéticas dentro de la gran tradición de la canción estadounidense (…)” (sic).

Lo que me preocupa (una preocupación menor, pero preocupación al fin) que esta nueva tendencia pueda dejar por fuera a escritores que con toda justicia merecen el reconocimiento de Estocolmo. Hay dos nombres que me atrevo a sugerir: Milan Kundera y Paul Auster. ¡Proponga usted también los suyos!

Jesús López Cegarra

miércoles, octubre 26, 2016

Notas al azar (20 octubre de 2016): La trampa del “Carisma”



Cuando un político está en el ruedo, afuera en la calle buscando adeptos a su causa, la primera medición que se le hace es si  tiene ese intangible que llamamos “carisma”, es decir esa fuerza, ese magnetismo que atrae y motiva a otros para lograr algo. El carisma llega a ser un elemento casi definitorio para que alguien triunfe o fracase en sus aspiraciones de poder. La falta de carisma es casi una condena.

Bien visto el “Carisma” es un atavismo. Tiene un fondo irracional porque si hay que elegirlo por votos, lo elegimos. Si hay que perdonarle alguna falta, se la perdonamos. Le seguimos sin pensar bien en el por qué. Los errores quedan sepultados gracias a su encanto y su gracia se la da más valor que sus capacidades.

Los analistas políticos “profesionales” explican una victoria  o una derrota a la luz del  carisma:

-          - Fulano tiene carisma.- dice uno.
-          - Mengano no tiene carisma…

Pero es raro que traten de explicar el peligro y la trampa de basar una decisión trascendente en ese “Don” escurridizo. ¿No es preferible un líder capaz y preparado?¿No es preferible formar e informar sobre quien tiene méritos?

Jesús López Cegarra

Fuga a la Victoria

Una de las películas de mi infancia y adolescencia que recuerdo  con mucha intensidad y nostalgia es “Escape a la Victoria”, que por lo que ...