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domingo, agosto 30, 2026

Georges Simenon y el Comisario Jules Maigret

    No recuerdo cuál fue la primera novela del Detective Maigret que leí. Solo se que fue una sensación adictiva. Ya entonces conocía otros autores de novelas de detectives y policíacas, pero las escritas por Georges Simenon las busqué una por una y creo, o bien haberlas leído todas o al menos un porcentaje importante de ellas, incluyendo un volumen breve prologado por Gabriel García Márquez, en el que cuenta su particular aventura detectivesca para llegar a ese relato, del cual solo contaba con un vago recuerdo de la trama y descubrir muchos años después de esa ardua labor, que se trataba de una aventura del Comisario Maigret. 

    Era un libro de pequeñas dimensiones de pasta dura que por lo que entiendo, iniciaba una colección de la editorial Tusquets con todas las novelas de Maigret. Ese pequeño libro lo leí en varias oportunidades y me acompañó por muchos lugares y mudanzas. Lamentablemente, a pesar de que era (al menos en apariencia una buena edición, el libro se fue deshojando hasta quedar inservible y alguien, tal vez viendo ese pobre libro en ese estado lamentable, lo lanzó a la basura.

    Pero muy probablemente llegué a las Novelas del Comisario Maigret por recomendación de un amigo muy dado a la literatura negra, de detectives y policíacas) creo que en algún momento me he referido a él) y que trasladó este gusto hacia mí. Por algún tiempo fui lector voraz de estas obras, que lograba leer en pocos días y a veces horas. Este amigo, no solo era también un consumidor, sino que también leía libros que analizaban estas novelas y a su manera era un conocedor experto. Recuerdo algo que me contó precisamente de Simenon. Siendo éste un autor muy prolífico, en ocasiones (o con frecuencia, no lo sé), era contratado por Galerías Lafayette en París para que se instalara en una vitrina con un escritorio y todos los implementos para escribir, y escribiera una novela a la vista del público, quienes por varios días se agolpaban para presenciar el proceso creativo de un escritor. Una vez concluida la novela, el manuscrito salía directamente a la editorial para los ajustes finales de impresión, distribución y venta. 

La anécdota estaba en el límite de la verosimilitud, tomando en cuenta que Simenon era un autor popular y prolífico, con una imagen muy reconocible con su traje, corbata y pipa. Esa historia de Simenon sentado tranquilamente ante una máquina de escribir pasó a formar parte de mi repertorio de historias interesantes para contar en una reunión social. 

    Sin embargo, la Inteligencia Artificial me indica, para mi pesar, que esta historia tiene mucho de leyenda urbana que de fundamento en la realidad. Mi triste conclusión, eran más hermosos los tiempos en que podíamos soñar y llegar a creer que estos cuentos eran reales.

Jesus Lopez Cegarra

sábado, julio 15, 2023

El misterio del puñetazo

 Cuando por comienzos de los años 80, leía frenéticamente las novelas y cuentos de escritores latinoamericanos, especialmente aquellos que integraban el famoso “Boom” (Vargas Llosa, García Márquez, Fuentes, Donoso, Cortázar), fue mi padre quien por primera vez me comentó aquel incidente, más digno de los “culebrones” de la televisión de nuestros países:

- Vargas Llosa le dio una trompada a García Márquez en un cine en México.

La historia me parecía más ficción que las invenciones literarias de cualquiera de las novelas de estos escritores: ¿Por qué dos intelectuales de renombre internacional usarían la fuerza para dirimir diferencias? ¿Qué última razón podía justificar que los dos más grandes representantes del “Boom” no tuvieran más remedio que acudir a los golpes en lugar de un debate de ideas?

Mi padre al ver mi duda me afirmó que la historia era cierta. Y yo le creía, mi padre leía mucho, pero sobre todo leía la prensa seria y estaba siempre muy enterado de acontecimientos nacionales e internacionales. Ante mi mirada de asombro, me dijo con un gesto de incredulidad: “Lo que se comenta es que fue por razones políticas”. Y claro, ni mi padre ni yo podíamos dar crédito a esa justificación tan simplona. Que dos politicastros se den sus guantazos en acaloradas discusiones en una Asamblea es una cosa… Pero dos futuros Nobel de Literatura los hicieran para defender posiciones políticas, parecía desquiciado.

Mucho se especulaba sobre lo que pudo haber ocurrido. Por supuesto, la conjetura que tenía más lógica era que solo una mujer podía desatar un demonio tan primitivo. Y hasta en su momento se hablaba de que había pasado algo con “Patricia”, la esposa de Vargas Llosa. Desde mi perspectiva, eso también carecía de sentido: Si Vargas Llosa la da una trompada a su colega, para saldar una afrenta que García Márquez infligió a Patricia… ¿No es en cierta manera una forma de humillarla, dando al público un tema para habladurías? ¿Cuán grave podía ser lo que habría hecho el escritor colombiano?, ¿Tiene sentido esa “hipótesis”?

(Recuerdo que tenía curiosidad por leer un libro de Vargas Llosa que se llamaba “García Márquez: Historia de un Deicidio”. Por mucho que lo buscaba en cuanta librería entraba, era un ejemplar desconocido. Y en algún momento alguien llegó a comentarme: “Vargas Llosa no permitió que ese libro se publicara más”. Aunque alguna vez años después y por casualidad llegué a conseguirlo en una venta de libros usados, aunque la condición física no era muy buena, lo atesoraba como una rareza, pero su lectura no era tan fluida: era a fin de cuentas una Tesis de Doctorado que presentó su autor en una universidad en España. Curiosamente, era una edición de “Monte Ávila”, cuando esta editorial tenía, a pesar de ser una camarilla, relevancia regional)

Por alguna razón tácita entre ambos escritores, la historia de esa trompada en México quedó fuera del alcance del público. Y como muchos otros temas históricos de difícil comprensión, a veces la literatura puede aportar cierta aproximación al tema. Y es lo que Jaime Bayly hizo con su novela “Los Genios”.

Es importante tener presente (y apenas se abre la novela se enfatiza en un corto “disclaimer”), que la obra de Bayly “no es un texto histórico ni una investigación periodística” y agrega: “Es una novela, una obra de ficción, que entremezcla hechos reales e históricos, con unos hechos ficticios que provienen de la inventiva del autor”. Creo que tal “Disclaimer” es superfluo: Ni Vargas Llosa ni García Márquez dijeron algo similar en “La Guerra del Fin del Mundo” o en “El General en su Laberinto”, aunque supongo que, si esa coletilla fue agregada, algún temor habría. Por supuesto hay unas cuantas "licencias" que se toma el autor, pero mucho de lo que narra se basa en documentos que se les puede hacer seguimiento.

Pero Bayly le ha tomado el pulso a ese conflicto que, en cierta manera, dividió la intelectualidad de nuestra pequeña región y que hizo tomar partido sobre un tema que en esencia parecía intrascendental: ¿A favor o en contra del (dictador) Fidel Castro? y ¿Cómo te atreves a meterte con mi mujer?

Desde casi el principio de la novela, se nota que Bayly siente más empatía y hasta admiración por García Márquez quien casi con estoicismo se resiste a traicionar a un amigo, y a su mujer, y cuya única debilidad es sentir un fuerte apego por el Dictador Castro, frente a un Vargas Llosa ególatra, vanidoso, egoísta y braguetero. Y nos los advierte en uno de los epígrafes al comienzo de la novela, cuando cita al autor colombiano: “He escrito cinco libros tratando de descifrar cómo soy yo, quién soy. Y todavía no lo tengo claro. Pero hay algo que sí sé: soy el mejor amigo de sus amigos, y ese primer puesto no me lo dejo quitar de nadie.” (Énfasis mío)



La novela comienza con el puñetazo que Vargas Llosa le propina a García Márquez y nos va llevando por el nacimiento de la amistad entre los genios, que empezó de manera epistolar, siguió con un encuentro en Caracas y se cimentó cuando eran vecinos en Barcelona. Reconstruyendo sus vidas y de los personajes que casi todos eran también artistas geniales (Neruda, Picasso entre otros), pero sobre todo uno que sin ser genial y sin ser un artista, fue quien más marcó la vida de Don Mario: su padre. Un hombre por quien Mario siente un enorme y justificado odio, que ya lo había descrito con bastante detalle en su novela “La Tía Julia y el Escribidor”; un tipo sádico, que abusaba físicamente del hijo y de su madre con palizas desmedidas, y quien obligó a su hijo a estudiar en la academia militar: un castigo que yo tampoco perdonaría. 

Y la razón de la pelea: Obviamente una mujer. La misma que Don Mario ha abandonado no una sino varias veces (la última para unirse con la mujer que representa todo lo que critica en su ensayo “La civilización del Espectáculo”). Una pelea que no tiene nada de civilizada, sino que es simplemente la reivindicación misma del machismo: Mi mujer es mía.

Es un libro de chismes y de intrigas. Eso sí, bien narradas.

Jesus Lopez Cegarra

sábado, febrero 11, 2023

Pedro Paramo: Juan Rulfo (1917-1986)

 


Una búsqueda superficial en Google de la novela de Juan Rulfo,  puede arrojar información de cómo es (o era) una lectura obligatoria en la educación secundaria. Sin embargo, tal referencia, lejos de hacer justicia a una obra monumental de la literatura universal, la rebaja a la errónea enseñanza de las grandes obras de la humanidad: imposición y evaluación, sin entrar a despertar el interés de las jóvenes mentes en los libros que son capaces de hacer vivir otras vidas y entrar en experiencias capaces de transformarnos.

Mi acercamiento a esta novela vino de la imposición del sistema educativo: había que leerla digerirla y responder preguntas caprichosas del profesor de turno, preguntas como ¿Enumere personajes de la novela? O alguna trivialización semejante.

Cuando leí por primera vez Pedro Paramo, lo hice como afrontando un problema de álgebra, pero en el sentido equivocado: con estrés. Obviamente fui incapaz de entender las sutilezas y cambios de perspectivas y tiempos que la novela ofrece. Son inesperados porque requieren la participación del lector, entrar en el juego que el autor ha preparado para un viaje profundo del universo Rulfiano.

Por curiosidad, tiempo después releí la novela: de allí salí maravillado ¿Cómo no me había percatado del mundo fantástico que Rulfo despliega? Y me hice la pregunta esencial que lleva a la lectura comprometida de esta obra ¿Quién está realmente vivo?

El mundo de Pedro Páramo es un mundo de fantasmas. Pero no en el sentido de apariciones que buscan espantar a los vivos o entes que salieron del mundo de los mortales para recriminar a los que quedan allí. Los “muertos” en la novela forman parte del mundo corriente y los vivos (o los muertos) no les extraña que merodeen o interactúen con los muertos (o los vivos). En algún momento pueden hablar y relacionarse con otro, y más tarde otro personaje aclarar que “Debe estar penando todavía”. Es el Realismo Mágico de la literatura latinoamericana: Una realidad que para cualquiera ajeno a nuestro entorno encontraría fantástico, pero que nosotros es (o era) cotidiano. 

Pero igualmente la novela nos enseña las realidades de la América Hispana: Los hombres poderosos y sus abusos, las intrigas del poder, las “revoluciones” fallidas, las tiranías, los pueblos resignados y olvidados, pero en el caso de Pedro Páramo, su control casi absoluto del destino de un pueblo, pero contradictoriamente (o a la par) cómo el amor de la mujer que desea le es esquivo y por ello está condenado a la soledad.

Pedro Páramo es un libro capaz de resistir múltiples lecturas y siempre sorprenderá cada vez que nos adentremos en ese mundo tangible y a la vez fantasmagórico.


Jesus Lopez Cegarra


jueves, octubre 17, 2019

Ficción literaria y dictaduras

Siguiendo la lógica “Funes el Memorioso” (cuento de Jorge Luis Borges) cuando decía “No sólo le costaba comprender que el símbolo genérico perro abarcara tantos individuos dispares de diversos tamaños y diversa forma; le molestaba que el perro de las tres y catorce (visto de perfil) tuviera el mismo nombre que el perro de las tres y cuarto (visto de frente)”, toda dictadura que históricamente haya soportado un país es (lamentablemente) única. Cada una surge de un momento histórico particular. Algunas nacen mediante el ejercicio de la fuerza, otras contradictoriamente, nacen de la voluntad popular, llegando al poder por el voto ciudadano.

Las dictaduras, y más en concreto las de Latinoamérica, han sido un objeto de mi curiosidad, más aún como venezolano que sigue y sufre la realidad que vive el país. En Venezuela tuvimos dos en el siglo XX (Juan Vicente Gómez y Marcos Pérez Jiménez), y otra más particular que se inició a finales del XX, pero se ha sostenido en el poder en lo que va del siglo XXI. 

La dictadura Chávez-Maduro tiene algunas particularidades, porque, aun surgiendo de un hecho de fuerza (los intentos de golpe militar en 4 de febrero y 27 de noviembre de 1992), llega al poder mediante elecciones (diciembre 1998). Si bien Chávez siempre mostró sus maneras autoritarias; su carisma y personalidad (y dinero en abundancia) le permitieron ganar elecciones, siempre con ventajismo, pero entendiendo que su presencia fue relevante para imponer el modelo. Luego de su muerte, el “legado” que reivindicaba ese movimiento político (básicamente que atendieron algunos problemas sociales, con medidas insostenibles, pero eso es otra discusión) ayudó a Maduro a llegar a la presidencia. Pero la personalidad deslucida de este, y en especial su inseguridad lo han llevado a tomar el camino de un gobierno que se mantiene por la fuerza de las armas, policiales, militares y de grupos paramilitares.

Pero las dictaduras no son un fenómeno de nuestra idiosincrasia, sino que, dadas algunas circunstancias (problemas sociales, descomposición, inexperiencia en las formas democráticas, guerras, caudillismo, agotamiento del modelo político), son catalizadores que ayudan a un caudillo o un grupo político a tomar el poder y ejercerlo con el interés de no abandonarlo. Para ello, todas se valen de las mismas herramientas: Represión, presos políticos, torturas, servicios de inteligencia, limitación de las libertades y derechos ciudadano. Lo que permite su existencia y continuidad es que la Fuerza Armada de ese país apoya y tiene intereses en que esa estructura que detenta el poder se mantenga… hasta que el dictador se convierta en un estorbo o un apestado.

De las experiencias latinoamericanas en materia de dictaduras, algunos escritores han tomado el tema para novelar a alguno de los dictadores. la primera de ellas sea probablemente “El Señor Presidente” de Miguel Ángel Asturias, y a la lista se le suman “El recurso del método” de Alejo Carpentier, “El Otoño del patriarca”, de Gabriel García Márquez, “Yo el Supremo”, de Augusto Roa Bastos y “La fiesta del Chivo” de Mario Vargas Llosa, por hablar de las que conozco. También hay otras obras que aluden un momento de alguna de las dictaduras, como lo podemos ver por ejemplo en algunas novelas y cuentos de Julio Cortázar o Roberto Bolaño, pero las anteriores reflejan más la vida de ese hombre todopoderoso que afecta para bien y sobre todo para mal, la vida de un país.

De las novelas mencionadas anteriormente, la única a la cual he vuelto es “La Fiesta del Chivo” porque me vino a la mente reflexionando sobre el tema de dictadores que son brutales y despiadados, pero que de alguna forma adornan y justifican sus crímenes con el “bienestar supremo de la patria”.

La novela de Vargas Llosa se centra en la vida y sobre todo muerte del dictador dominicano Rafael Leónidas Trujillo. Trujillo gobernó tiránicamente su país por 30 años y su muerte fue producto de un atentado planificado y ejecutado por miembros de la Fuerza Armada, algunos de ellos cercanos colaboradores. Como la mayoría de los dictadores, sufre del mesianismo y cree su vida y su presencia evitan que se desate el apocalipsis, aunque esto en el fondo no es más que una justificación a sus inseguridades y ansias de poder.

En el caso de Trujillo, su fin llegó de manos de la institución que le daba apoyo: Las Fuerzas Armadas. En su seno se forma un grupo conspirador que va madurando la idea de que la única manera de sacar al tirano del poder es mediante su eliminación física. Aunque cada uno de los principales conspiradores tiene un motivo personal para recurrir al magnicidio (desde los problemas personales con el régimen, hasta decepción por la crueldad y vesania de Trujillo y sus cercanos colaboradores, en especial sus hijos), el aspecto religioso es un aspecto sensible en la toma de decisión.

Cualquier hombre de poder tiene enemigos, y muy probablemente de estos haya alguno que quiera su desaparición física, pero esto no es tarea fácil. Un hombre de poder, consciente de ello, está rodeado de personas que velan por su seguridad. No obstante, como ocurrió con Trujillo, cuando una sociedad es atrapada por el poder y voluntad de una sola persona, es en su entorno donde se comienza a formar la idea de que remover físicamente al tirano es el comienzo de la solución.

En el caso de la conspiración que eliminó a Trujillo, las preocupaciones de los complotados no era solamente la parte organizativa, complicada de por sí, tomando en cuenta que esta venía de la propia institución que sustentación a Trujillo. También estaba el problema moral de eliminar a un ser humano, especialmente para personas con convicciones religiosas firmes.

En una de las discusiones entre los complotados, Salvador Estrella Sadhalá, ante un reclamo de uno de sus compañeros (¿Y un católico no puede hablar de coños, pero sí matar, Turco?”) manifiesta airado:

Matar a cualquiera, no. Acabar con un tirano, sí. ¿Has oído la palabra tiranicidio? En casos extremos, la Iglesia lo permite. Lo escribió santo Tomás de Aquino. ¿Quieres saber cómo lo sé? Cuando comencé a ayuda a la gente del 14 de junio y comprendí que tenía que apretar el gatillo alguna vez, fui a consultárselo a nuestro director espiritual, el padre Fortín. Un sacerdote canadiense, de Santiago. El me consiguió una audiencia con monseñor Lino Zanini, el nuncio de Su Santidad. «¿Sería pecado para un creyente matar a Trujillo, monseñor?» Cerró los ojos, reflexionó. Te podría repetir sus palabras, con acento italiano. Me mostró la cita de Santo Tomás, en la Suma Teológica. Si no la hubiera leído, no estaría aquí esta noche, con ustedes.”

Los conspiradores saben que deben acabar con el tirano. El sometimiento de toda una nación a la voluntad perversa y megalómana de un solo ser no solo crea conflictos y abusos en sí, sino también le abre paso a los seres más corruptos y despiadados que se benefician del poder y que usarán cualquier recurso disponible para sostener el entramado de tiranía, desde la tortura hasta el asesinato de rivales políticos, incluso más allá de las fronteras del país.

Cuando una dictadura se instaura y permanece en el tiempo, las instituciones son secuestradas para responder solo al tirano y sus intereses. Por eso una conspiración que busca derrocar o incluso eliminar al tirano debe enfrentar todo tipo de obstáculos, retrocesos y pequeños avances, pues cualquiera, incluso alguno de los más comprometidos, puede traicionar, o lo que es peor, flaquear en algún momento decisivo.

Los conspiradores que eliminaron al tirano Trujillo, si bien lograron el cometido más inmediato, no pudieron lograr los objetivos inmediatos posteriores una vez extinto el dictador. La debilidad de uno fue la perdición del esfuerzo de años. Pero como ocurre con todo en la existencia, los acontecimientos imprevistos generan nuevas dinámicas y de las entrañas del mismo régimen surgió la persona que guió el Post-Trujillismo.

La novela de Vargas Llosa, si bien hay que verla como una obra de ficción, nos da una aproximación al fenómeno de las dictaduras en Latinoamérica. Nos ayuda a reflexionar sobre el valor de la libertad, más aún en el presente, con estas nuevas “neo-dictaduras” y “regímenes fuertes” (muchos de corte fascista) que surgen por la voluntad de los electores y ciudadanos cuando estos prefieren abandonar la lucha constante por la libertad, para depositar ciegamente su confianza en caudillos que prometen acabar con todo lo “protervo” de la clase política (corrupción, mala administración, etc.) a cambio de prácticamente nada.

Jesus Lopez Cegarra

viernes, febrero 08, 2019

Relectura de Julio Cortázar (1914-1984)

Poco antes de abandonar mi país por un tiempo, estaba indeciso qué hacer con los libros que he acumulado durante décadas. Mi esposa era de la opinión de donarlos todos a alguna biblioteca. La idea no me hacía feliz, porque que todos esos libros que fui adquiriendo (descontando aquellos que “presté” y que ya sabía que no regresarían) lo fueron por alguna curiosidad o necesidad intelectual. Que terminaran apilados en algún sitio sin que algún lector curioso supiera que estaban allí era simplemente inaceptable.

En ese proceso abrí una cuenta en “Instagram” y decidí ponerlos a la venta. A precios más que razonables. Pensé que, si alguien hacía algún esfuerzo en adquirir alguno de ellos en particular, esto me hacía sentir que ese libro había encontrado un destino y un propósito. Después me enteré que como los ofrecía a un precio muy bajo, otros lo compraban para revenderlo, lo cual en el fondo no me molestaba, pues “indirectamente” se estaba sirviendo el mismo propósito.

Entre los que desenterré estaban libros de cuentos de Julio Cortázar. Algunos ya leídos, otros pendientes. A pesar de que había pasado mucho tiempo sin leerle, me daba cierta curiosidad volver puntualmente a algunos de sus textos. Cortázar es sobre todo un escritor de cuentos. Unos cuantos son pequeñas obras de arte. Con
algunos de ellos me relacionaba por muy variadas razones, por ejemplo, con “El Perseguidor”, “La continuidad de los parques”, “Grafitti” y especialmente con “Casa Tomada”. Pero el estilo algo áspero de Cortázar en ocasiones hace difícil seguirlo, aunque generalmente lo hacía (y lo hago) porque se presentan casos en que nos puede dar una sorpresa, como, por ejemplo, un inesperado viaje en el tiempo.

Cuando era un joven lector, me ocurría algo con Cortázar: Era un escritor de “moda” (quería decir de culto, pero prefiero de moda) para ciertos grupitos intelectuales y pseudointelectuales con quienes en ocasiones me relacionaba. Entonces, quería leerlo, pero para encontrar sus méritos como escritor y no por la influencia de la moda y o por estar en boga. Me asqueaba todo ese uso del mundo cortaziano para aparentar una especie de superioridad intelectual. Expresiones como Cronopio, Cronopio mayor para referirse a Cortázar me eran simplemente detestables. (Algo parecido ocurría con García Márquez. Había gente que usaba los títulos de sus cuentos o novelas para darse un aire de intelectual y parafraseaban cosas como “El presidente no tiene quien le escriba”, “El gobernador en su laberinto” …)

Su novela “Los Premios” es tal vez la que más me gusta. Combina acción, misterio detectivesco, esoterismos y psicología, sin dejar de ser una obra con las características de lo “Cortaziano”: Lo metafísico, lo fantástico enmarañado con lo cotidiano y sobre todo, una obsesión con el papel del lector en la lectura. No en vano más adelante hablaba del “lector hembra” (Pasivo) y del “lector Macho” (participativo y cómplice). Obviamente las feministas les desagradaba esta nomenclatura y el propio Cortázar tuvo que salir en su defensa.

En este proceso de redescubrimiento de Cortázar, estuve releyendo “Rayuela”. Unas décadas atrás la leí afiebrado. Ese mundo parisino con gente que se reunía a escuchar música (Jazz) y para discusiones intrascendentes sobre libros y pintores en medio de una historia de amor truncada y la tragedia me fascinaba y parecía una vida que quería imitar o emular. Hoy, con unos años encima tengo una apreciación distinta de la novela.

Pero esta segunda lectura fue un poco más lenta y llena de obstáculos. La fascinación que alguna vez me produjo ya no estaba allí, excepto en ciertos episodios con sus amigos pseudointelectuales con quienes el protagonista, Horacio Oliveira, tenía sostenía largas cacharas sobre todo y sobre nada. Eran una serie de tipos pretenciosos de quienes no saldría nada, pero disfrutaban la acumulación de tonterías intelectuales que con las que discurseaban a los demás, mientras miraban de soslayo a la Maga, una mujer normal y poco formada, que no entendía esas arengas “elevadas” pero no por eso dejaba de tener cierto encanto.

Otros pasajes como el concierto de Berthe Trepat o el de la muerte de Roncamadour están realmente logrados y son literariamente sublimes, con cargas de humor en ocasiones y de comprensión de los peores episodios de la naturaleza humana, que en sí mismos casi justifican leer las más de 500 páginas de la novela. Pero también hay momentos en que se siente que mucho de lo incluido es relleno o textos incoherentes que realmente no aportan mucho a la novela.

¿Es Rayuela una obra maestra? ¿Soportará el paso del tiempo? No sé y lo dificulto. Creo que la esencia de la novela ha envejecido y no veo forma cómo futuras generaciones se puedan conectar con una forma de ser y de vivir de un pequeño grupo de amigos intrascendentes. No es una obra que capture la esencia de un lugar y de un tiempo. Y esto no lo digo con alegría, porque Cortázar forma parte de las lecturas que en lo personal atesoro con mucho cariño.

sábado, noviembre 26, 2016

¿Dónde está Gabriel García Márquez?



Cuando era adolescente, en los cada vez más lejanos 1980, la moda junto con las hombreras, los calentadores y Madonna, era, en lo que a literatura se refería, Gabriel García Márquez. Todo parecía girar en torno a este escritor, que muy probablemente le disgustaba tanta celebridad. 

Más de un escribidor, periodista, columnista buscaba arañar el estatus de “intelectual” parafraseando (o deformando) los títulos de los libros o las frases del escritor. Particular saña se aplicaba con “Crónica de una muerte anunciada”. Por ejemplo, si un gobernante tomaba una mala decisión y las consecuencias de la misma se materializaba en el daño previsto, más de uno soltaba: “Pues esto no es más que la crónica de una muerte anunciada”. Si alguien había sido alguna vez una celebridad, pero era luego olvidado por cualquier motivo y alguien recordaba como ese antiguo encumbrado vivía el presente en la más extrema ignominia, pues se decía con aires intelectuales “Fulano no tiene quien le escriba”. Si alguien estaba en una mala racha, pues vivía su “Mala Hora”. Los títulos de esas obras de García Márquez se convirtieron, por imposición de la moda, en los más detestables lugares comunes que se podían proferir.

La izquierda en Latinoamérica se sentía feliz de contar entre los suyos a una celebridad leída (o conocida) por muchos, quien además no ocultaba su fascinación acrítica por el hoy fallecido Fidel Castro, dictador latinoamericano que por conveniencia abrazó la fe marxista-leninista a quien entonces muchos tontos aplaudían como el gran paladín de la lucha anti-imperialista, y que era el gran ícono de la pseudo rebeldía que sentía más de un “académico” de las Universidades Públicas que en su fuero interno se negaba a abandonar los gustos burgueses.

La derecha se dejaba enredar también por la celebridad del colombiano, bien sea posando para una foto, o reconociendo sus méritos, o contraponiendo como “mejor” escritor a Jorge Luis Borges, otro fetiche que oponían quienes se consideraban con gusto más refinado y que buscaban relegar a García Márquez a un fenómeno secundario algo superior a Corín Tellado. 

García Márquez no era un pensador, no era siquiera un ensayista (y no se entienda esto como una afrenta o menosprecio, es una opinión de buena fe). Siempre reivindicó su condición de reportero, de ser un instrumento para apreciar los hechos y sus protagonistas y transmitir su apreciación de la manera más pulida y adornada. Y eso no es una crítica en sí misma, porque realmente su virtud fue ser un gran orfebre, de una florida y fértil imaginación, que sabía cómo usar magistralmente la palabra para hacer hermosos  juegos pirotécnicos y dejar con la boca abierta a su espectador.
Por supuesto Borges y García Márquez eran grandes escritores. Ambos los leí y si me apuran, me parece que Borges era más cuidadoso en no publicar escritos que estuvieran por debajo de lo que se esperaba de él. Porque Borges, sin duda, era un campeón de la precisión y la concisión, virtudes con las que un escritor rara vez se equivoca.

García Márquez, luego de su Nobel de Literatura en 1982, con la excepción tal vez de “El Amor en los tiempos del cólera”, no publicó algo relevante. Bien visto, le ocurrió como a los Rolling Stones, lo verdaderamente notable lo hicieron en los años 1960. “El General en su laberinto” fue un intento algo flojo de ver el Bolívar de sus últimos días, “Memorias de mis putas tristes” un lamentable esfuerzo de sacarle dinero a los incautos lectores. “Vivir para contarla” son unas memorias soporíferas, que vienen a ser algo así como cuando un gran prestidigitador revela sus trucos, y todo aquello que parecía magia, no son más que pequeñas trampas, artilugios y distracciones. Con este libro, el escritor logra que el pueblo alucinante de Macondo y sus habitantes de ficción no sean más que cosas pedestres y terrenales. Ni hablar de “Del amor y otros demonios” y “Noticias de un secuestro”, libros realmente flojos.

 Con la edad y el tiempo ese prestigio y preponderancia mediática de García Márquez se fueron apagando. Ha caído lenta y fatalmente en un injusto olvido. ¿Sobrevivirá a esta indiferencia?... Bueno, por ahora lo está haciendo en Colombia… en forma de billete.



Jesús López Cegarra

domingo, septiembre 21, 2014

Recordando a Arturo Uslar Pietri




Días atrás escuchaba una entrevista al escritor Mario Vargas Llosa. La periodista le preguntaba por lecturas que podía recomendarle a los estudiantes venezolanos. De la vasta cultura del laureado escritor, muchos libros y autores pudieron ser sugeridos que resultaran provechosos para entender y buscar salidas a la hora menguada que vive el Venezuela actualmente. Sin embargo, la sugerencia de Vargas Llosa, al menos a mí resultó sorprendente: Arturo Uslar Pietri (AUP).

Los elogios de Vargas Llosa hacia AUP eran pertinentes y justos con su obra y su persona. Decía que nunca fue suficientemente reconocido en vida, que era un hombre moderado y creía en el diálogo. Un hombre moderno, pero a la vez profundamente encariñado con la tradición venezolana.

Uslar Pietri fue un hombre del siglo XX, no solo porque lo vivió casi por completo, sino porque su obra (tanto literaria como de ensayo) busca dar una explicación lógica y orgánica a Hispano-América desde que Colón llegó a estas tierras hasta la fecha, aunque no fue su único tema.

Desde muy joven fue atrapado por la pasión literaria y escribió con apenas veintitantos años una obra apasionada, y no por eso inmadura: “Las lanzas coloradas”.  Desde sus primeras páginas nos lleva a uno de los episodios de  la guerra de independencia venezolana, que otro gran intelectual venezolano calificó como una gran guerra civil.

Obviamente Venezuela ocupa un importante lugar en su obra. No solo su (accidentada) historia, sino también el significado y alcance de un hecho que dividió nuestra historia en un antes y un después: La explotación de la riqueza petrolera.

No fue poco lo que AUP dedicó a este tema, especialmente en su afán orientador sobre la mejor manera de utilizar esa nueva riqueza que manaba casi sola del subsuelo. Sus recomendaciones se resumían en una frase que sonó en Venezuela por muchísimos años: “Sembrar el petróleo”.  Algunos decían que esa frase la había sido acuñada por algún otro venezolano meritorio, pero en la realidad, fue AUP quien dedicó buena parte de sus esfuerzos intelectuales en el desarrollo de ese tema.

Su propuesta era sencilla: usar los recursos petroleros para crear una Venezuela productiva y eficiente, apartada del modelo perverso “rentista” de simplemente vivir de la venta del petróleo. Este esquema era aprobado por todos, incluyendo los políticos que le sacaban provecha al esquema. Sin embargo, cuando en la década de los 80 del siglo XX la OPEP fue “puesta de rodillas” y los precios del petróleo bajaron a niveles viles, la Venezuela “próspera” y del dólar barato se vio de pronto arruinada y hundida, con un deseo suicida de autodestrucción y de venganza a cualquier costo, que en 1998 consiguió al elegir para la presidencia de la república de un hombre que no hizo sino repetir con desquiciada demencia el esquema “rentista” que todos criticaban.

Junto con su carrera literaria, también desarrolló una carrera política, que lo llevó en los años del post-gomecismo a ocupar cargos importantes en el alto gobierno. Pero el Golpe de Estado ejecutado por el recién creado partido político “Acción Democrática” y algunos factores militares lo llevaron al exilio y a una “amarga” coexistencia más adelante con quienes derrocaron a un gobierno que la historia ha evaluado como positivo. Sin embargo, AUP es una persona que siempre fue vista ligada al gomecismo y por tanto asociado (para bien…o para mal) con una de las tiranías más cruentas vividas en el subcontinente.

Pero de esa relación nunca escondida con el Benemérito Juan Vicente Gómez, surge más adelante una de las novelas que junto con las de Mario Vargas Llosa, Gabriel García Márquez, Alejo Carpentier, Augusto Roa Bastos, entro otros, buscan entender el fenómeno del “Dictador Latinoamericano”, personificación siniestra del “Caudillo” de nuestras latitudes.

AUP fue siempre alguien cercano al poder, y todo parecía acercarlo al Palacio de Miraflores, pero el Golpe de Estado en 1945, lo llevó a un exilio, llevando a cuesta la acusación de malversación de fondos de la partida secreta del gobierno. Más adelante, en 1963 es candidato presidencial, obteniendo un buen caudal de votos, pero lejos de ser suficientes para llegar a la presidencia.

AUP tuvo también un acertado acercamiento a la televisión, donde combinó exitosamente su incomparable capacidad telegénica y su enorme cultura, y así llevar a la pantalla, algunos de los grandes temas de la cultura universal y nacional. Por ello también, era frecuente verlo en entrevista en la televisión, criticando las desviaciones que en lo social, económico y político llevaban a cabo los gobiernos de la era democrática posteriores a Pérez Jiménez.   

 En los años 90, en el segundo gobierno de Carlos Andrés Pérez, se convirtió en la cabeza visible de algo que los medios denominaron “Los Notables”, nombre que le dieron a un grupo de destacados (conocidos) políticos e intelectuales, que criticaban duramente al gobierno de Carlos Andrés Pérez, y que anunciaban que de no haber cambios, un golpe de estado en Venezuela era inevitable.

Incluso, en un programa de televisión, se atrevió al despojar a la palabra “pendejo” de su ruda connotación, al usarla para referirse a los venezolanos honrados que eran burlados por un gobierno que no oía y que actuaba en contra de los intereses del país. A partir de ese momento, se usaba de manera normal en cualquier escenario, en cierta manera para estar igualado con el gran intelectual. Hasta se convocó a una  “Marcha de los Pendejos” para protestar en contra del gobierno.

Con el tiempo, la impresión que se tiene es que esos “Notables” (incluyendo a don AUP) sabían de las intenciones de ciertos factores dentro de las Fuerzas Armadas de intentar un golpe de estado. Y en cierta manera, AUP no hizo una condena contundente a los intentos de golpe del año 1992, pues se refirió a ellos como “atípicos”, pues de alguna manera se alejaban del golpe estilo Pinochet en Chile. Su alegato era que no se dio para establecer una dictadura militar. Para un hombre bien conocedor de las historia, cabe preguntar si las solas declaraciones de los militares golpista es suficiente para decir que era un “Golpe Bueno” o usando el eufemismo de AUP “atípico”. Al parecer, Don AUP nunca pudo superar el golpe “típico” del 18 de octubre de 1945, y eso nubló mucho de su objetividad como historiador y ensayista en 1992.

En mi juventud leí con mucho interés la obra de AUP. Logré aprender mucho de sus libros. Hoy en día, sus libros no están entre mis prioridades para darles una relectura, pero con esto no quiero desanimar a quienes quieran adentrase en su obra. Yo recomendaría  dos: “Godos, insurgentes y visionarios” y “Golpe y Estado en Venezuela”.   Creo que ambos 
dan luces sobre el pensamiento y las intenciones de don AUP.

Jesús López Cegarra

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