Escapa de nuestra inteligencia, al menos por el momento, saber si alguna criatura del planeta entiende esa noción que llamamos “tiempo”. Hasta ahora, que sepamos es solo una preocupación humana conocerlo y entenderlo. Varias civilizaciones tenían una noción pragmática, porque era necesario conocer el momento que ciertos eventos tenían lugar para poder tomar decisiones, especialmente respecto a las estaciones y su relación con cultivos y cosechas, relevantes para la subsistencia. La observación de astros celestes, que al entender de nuestros ancestros, tenían ciclos regulares, les ayudó en gran medida a entender el paso de eso que más adelante llamamos “tiempo”.
Ahora, ¿Existe una entidad que llamamos “tiempo”? Es obvio que hemos desarrollado una conceptualización y teorías sobre el tiempo. Lo podemos apreciar como el deterioro. Ciertas características física, por ejemplo, van apareciendo en cada quien que indica un principio y eventualmente un final. Nacemos, crecemos y nos damos cuenta que en la medida que pasan los días, notamos un desgaste de nuestros cuerpos, tenemos memoria de quienes fuimos y quienes somos. Hay características físicas como surcos en nuestras caras, cabellos grises nos muestran que no somos la misma persona. Hay cambios notables. El pasar de los días nos acercan a un evento inexorable: la muerte. La física ha llamado a este “deterioro” entropía, y tiene que ver con una ley física ya muy bien explicada: todo sistema pasa del orden al desorden.
Sin embargo, la física nos dice algo curioso: la velocidad afecta al tiempo. En la medida que se alcanzan grandes velocidades, el tiempo entre los que viajan rápido y los que no es distinto. Para quien viaja más rápido, el tiempo transcurre más lento, respecto a quienes no están a una velocidad menor.
Pero en la vida común y corriente, requerimos de un parámetro importante para poder desarrollar una vida social. El “cuando” es esencial para cualquier transacción. Así que el tiempo se convierte en una medida. El giro de la tierra en si misma, el giro de la tierra alrededor del sol (que están cerca de ser “regulares”) nos auxilian en esa medición. Distintas civilizaciones crearon sus “calendarios” para este fin, pero fue gracias a la iglesia católica y el Papa Gregorio que se llegó a un calendario “universal” (en el sentido que aplica todos los que vivimos en este planeta), y es el que se emplea el mundo civilizado para poder mantener un relativo orden.
También hay otras nociones de tiempo, más en lo personal e íntimo. En nuestros sueños, el tiempo transcurre de una forma distinta a la del soñador. Una larga jornada, en la que en el sueño ocurren distintos eventos que pueden tomar varias horas o días, terminan resultando unos pocos minutos al despertar. En los acontecimientos traumáticos o desagradables, los eventos parecen transformarse en un sueño, como una sucesión de fotografías que vemos como espectadores en lugar de protagonistas. Pero existe otro tiempo. Cuando estamos ante lo que a falta de una mejor definición llamaríamos “felicidad” y que solo un puñado de ellos nos ocurren. Hay uno en especial, que fue el que inspiró esta disertación, que lo recuerdo casi a diario. Si hubiera querido quedar atrapado en un espacio y en un momento, sería cuando (..) y yo nos atrevimos a esos besos.
Jesus Lopez Cegarra