martes, mayo 19, 2026

Fuga a la Victoria

Una de las películas de mi infancia y adolescencia que recuerdo  con mucha intensidad y nostalgia es “Escape a la Victoria”, que por lo que recuerdo, al menos en el contexto de Venezuela, la titularon “Fuga a la Victoria”. En mi apreciación este título tiene una sonoridad más poética que su nombre original.

Para un chico de 10 u 11 años de los 80, “Fuga a la Victoria” tenía los elementos indispensables para convertirse en su favorita y verla infinidad de veces (un vecino la tenía grabada en una cinta Betamax, y aunque la calidad de reproducción era muy pobre, lograba mantener la atención de quienes de cuando en cuando nos reuníamos para verla). Era una épica deportiva desarrollada en el corazón de la Segunda Guerra Mundial: un maléfico poderoso retaba, a un enemigo en apariencia débil confinado a una prisión, que solo tenía voluntad y corazón para enfrentarlo, a una improbable contienda: un partido de futbol. 

A pesar de ciertas ventajas que el enemigo le otorgaba a su rival (comida, vestuario y mejores condiciones dentro de la prisión), aquél contaba con mejores herramientas para humillarles y usar este encuentro “amistoso” como arma propagandista de la superioridad que pregonaban tener.

Pero había ciertos factores que el enemigo no podía prever…en nuestro bando llegaría Pelé, un absoluto héroe para cualquier niño latinoamericano de la época, pues se trataba del mejor jugador de su generación y sin duda de los mejores de la historia. El magnetismo de Pelé era una garantía de éxito para la película. Era una celebridad mundial y, para el momento en que se filma la película (comienzo de los 1980) representaba la esperanza de que un deporte absolutamente seguido en el mundo entero pudiera penetrar la terca barrera de la sociedad americana, satisfecha con los deportes de su propia invención. No en vano, por esos mismos años de la película, Pelé daba sus últimos pasos en el futbol profesional contratado por el “Cosmos” de Nueva York, un equipo que, si no recuerdo mal, tenía como cancha de juego el Madison Square Garden. Una aberración para cualquier purista del “Soccer”. 


Lo que entonces no sospechábamos es que (descontando Michael Caine y Silvester Stallone, que estaban en nuestro equipo y eran actores de oficio) el resto de los jugadores eran respetados futbolistas. Aún recuerdo cuando como maravilloso descubrimiento, un amigo me comentó que uno de los jugadores, que hace una magnífica “bicicleta” en el partido, era el gran Osvaldo Ardiles, gran figura del equipo campeón del mundial 1978, y artífice del triunfo de su selección. (Aunque Ardiles aparece en los créditos de la película… quién entonces se quedaba a verlos, más aun, qué cine perdía su tiempo en eso, cuando fuera de la sala había gente esperando la siguiente función) Tuvimos que ver la película una vez más para cerciorarnos de que ese dato era correcto. En una era pre-internet, una información tan “rebuscada” no era moneda corriente, al contrario, era casi un acto de prestidigitación.

Vista la película más de 40 años después hay ya muchos aspectos que para un preadolescente escapaban. La que más me pareció más sobresaliente es la actuación desubicada de Sylvester Stallone. Parecía que estaba actuando para otra película. Una suerte de “comic relief”, que no llega a ser gracioso, sino más bien un personaje enojoso, egoísta e inmaduro. Sus incursiones en la cancha para llamar la atención de Colby (Capitán y entrenador del equipo, interpretado por Michael Caine) y “demostrar” que tenía las cualidades necesarias para ser seleccionado, resultaban, a falta de una mejor descripción “payasescas”. Su intención era usar el equipo para buscar escapar de prisión, pero es difícil imaginar que un tipo tan irritante y sin las cualidades necesarias pudiera llamar positivamente la atención de Colby. Además, en ningún momento se le ve profundidad o que fuera un factor esencial para la lucha que se desarrollaba dentro y fuera de la prisión, aunque es cierto que en algún momento del desarrollo de la trama, se pone en sus manos un dilema moral importante: regresar a la prisión de donde se había evadido con éxito para decirles a sus compañeros de equipo el plan de fuga que se tenía planeado para el día del juego. Y a regañadientes acepta.

Por su parte Michael Caine, un gran actor, no lucía a la altura de un atleta de alto nivel, ni siquiera de uno que vio mejores momentos, pero su actuación es destacable y se siente genuina, especialmente cuando empatiza con Hatch (Stallone) cuando este le revela que su intención de entrar al equipo era como plataforma para escapar.

También resulta inimaginable que estos prisioneros, que provenían en su mayoría del mundo militar y por tanto de un entrenamiento muy especial para tiempos de guerra, actuaran a sus anchas, con una mínima vigilancia puertas adentro, con pleno espacio para conspirar, sin que sus pares malignos hicieran algún esfuerzo de espionaje. 

Un detalle nunca tuve en el radar y que solo recientemente supe, fue que el director de “Fuga a la Victoria” era el gran John Huston. Unir esta película, que solo aparenta tener un fin comercial y establecer algún parentesco con “The Maltese Falcon” o “The Treasure of the Sierra Madre” resulta casi inverosímil. La única otra discrepancia semejante que puedo pensar es cuando el propio Huston dirigió el musical infantil “Annie”. 

Sin embargo, hay instantes en que se notan las pinceladas de alguien (que fue) competente en su oficio, especialmente en el juego mismo, en donde logra genuinamente transmitir al espectador la intensidad que un encuentro de tal naturaleza pudo haber tenido. Como película, es puro entretenimiento. Y no lo digo de manera peyorativa, son dos horas de buen entretenimiento; son de esas historias que si la encontramos por mero azar en la televisión, nos quedamos allí porque nos lleva al tiempo en que luego de ver “Fuga a la Victoria”, salíamos a la calle a jugar y soñar que podíamos anotar un gol como solo Pelé lo hubiera hecho.

Jesús Lopez Cegarra


domingo, mayo 03, 2026

El Tiempo y su esencia

 Escapa de nuestra inteligencia, al menos por el momento, saber si alguna criatura del planeta entiende esa noción que llamamos “tiempo”. Hasta ahora, que sepamos es solo una preocupación humana conocerlo e interpretarlo. Varias civilizaciones tenían una noción pragmática, porque era necesario conocer el momento que ciertos eventos tenían lugar para poder tomar decisiones, especialmente respecto a las estaciones y su relación con cultivos y cosechas, relevantes para su subsistencia. La observación de astros celestes, nuestros ancestros notaron sus ciclos regulares, les ayudó en gran medida a entender el paso de eso que más adelante llamamos “tiempo”.

Ahora, ¿Existe una entidad que llamamos “tiempo”? Es obvio que hemos desarrollado una conceptualización y teorías sobre el tiempo.  Lo podemos apreciar como el deterioro. Ciertas características física, por ejemplo, van apareciendo en cada quien, indicando un principio y eventualmente un final. Nacemos, crecemos y nos damos cuenta que en la medida que pasan los días, hay un desgaste de nuestros cuerpos, tenemos memoria de quienes fuimos y quienes somos. Hay características físicas como surcos en nuestras caras, cabellos grises nos evidencian que no somos la misma persona. Hay cambios notables. El correr de los días nos acercan a un evento inexorable: la muerte. La física ha llamado a este “deterioro” entropía, y tiene que ver con una ley física ya muy bien explicada: todo sistema pasa del orden al desorden.

Sin embargo, la física nos dice algo curioso: la velocidad afecta al tiempo. En la medida que se alcanzan grandes velocidades, el tiempo entre los que viajan rápido y los que no es distinto. Para quien viaja más rápido, el tiempo transcurre más lento, respecto a quienes están a una velocidad menor.

Pero en la vida común y corriente, requerimos de un parámetro para poder desarrollar una vida social. El “cuando” es esencial para cualquier transacción. Así que el tiempo se convierte en una medida. El giro de la tierra en si misma, el giro de la tierra alrededor del sol (que están cerca de ser “regulares”) nos auxilian en esa medición. Distintas civilizaciones crearon sus “calendarios” para este fin, pero fue gracias a la iglesia católica y el Papa Gregorio que se llegó a un calendario “universal” (en el sentido que aplica todos los que vivimos en este planeta), y es el que se emplea el mundo civilizado para poder mantener un relativo orden.

También hay otras nociones de tiempo, más en lo personal e íntimo. En los sueños, el tiempo transcurre de una forma distinta al soñador. Una larga jornada, en la que en el sueño ocurren distintos eventos que pueden tomar varias horas o días, terminan resultando unos pocos minutos al despertar. En los acontecimientos traumáticos o desagradables, los eventos parecen transformarse en una especie de sueño, como una sucesión de fotografías en que nos vemos más como espectadores en lugar de protagonistas. Pero existe otro tiempo. Cuando estamos ante lo que a falta de una mejor definición llamaríamos “felicidad” y que solo un puñado de ellos nos ocurren en la vida. Hay uno en especial, que fue el que inspiró esta disertación, que lo recuerdo casi a diario. Si hubiera querido quedar atrapado en un espacio y en un momento, sería cuando (..) y yo nos atrevimos a esos besos.


Jesus Lopez Cegarra

Fuga a la Victoria

Una de las películas de mi infancia y adolescencia que recuerdo  con mucha intensidad y nostalgia es “Escape a la Victoria”, que por lo que ...