Cuando una obra audiovisual es etiquetada como “Documental”, en cierta manera se genera una expectativa de que estamos ante un análisis de los aspectos en torno a alguna realidad: los hechos, las personas que directa e indirectamente se relacionan con un tema de interés. Damos por hecho que habrá una visión objetiva por parte de quien realiza el documental. Se dará oportunidad a las diferentes partes envueltas en el objeto de estudio. Eso no significa que habrá imparcialidad. Ante una situación controvertida, el autor o director puede tener una posición, pero eso no impide tener la visión de quien se considera el antagonista de la historia.
Hay varios documentales que tengo en mente estudiar, pero quisiera entrar en el más reciente que he visto: “Raygun: Breaking Badly”.
La historia detrás de este documental es muy reciente, y el contexto son las olimpíadas de Paris de 2024. Una de las “grandes” noticias sobre este acontecimiento mundial es que introducirían como deporte el “Break Dancing”, como una manera de atraer a las nuevas generaciones a los juegos olímpicos.
El “Break Dancing” es algo que está relacionado con mi generación: un baile urbano que requiere una gran destreza, acrobacia y flexibilidad para ejecutar movimientos que desafían a las leyes físicas al ritmo de música “Hip-Hop”. En los años 80 eran visto como una subcultura, un submundo de decadencia y drogas. Casi 4 décadas después debutaba como deporte olímpico.
A su manera, era una apuesta arriesgada: No se trataba de una novedad en sentido estricto (más bien parece una pieza nostálgica), pero sus ritmos y acrobacias probablemente podían interesar al público joven e incorporarlos como “clientela”.
Debo aclarar que no soy seguidor de los juegos olímpicos. Apenas si me interesan la natación y la gimnasia, especialmente esta última, porque son disciplinas que en unos pocos segundos los atletas pueden y deben demostrar sus capacidades y destrezas. Y no era el Break Dancing esa actividad que me haría finalmente darle más oportunidad a poner más atención a la Olimpíadas.
Sin embargo, la “vida olímpica” (por decirlo de alguna manera) ha sido corta, ya no estará en las Olimpíadas de 2028 y habría que esperar hasta 2032 para ver si se le da una nueva oportunidad, a pesar de que en París 2024 el Break Dance tuvo mucha publicidad… pero no la que los organizadores hubieran deseado.
Una “atleta” australiana se encargó de poner en las noticias este deporte olímpico, pero no por destacarse de manara sobresaliente, sino por la “viralidad” que su actuación tuvo en las redes sociales.
La “B-Girl” de Australia (Rachel Gunn conocida como RayGun) ejecutó sus bailes que lejos de causar la destacada admiración que se espera de un atleta olímpico, se convirtió en un objeto de burla mundial y entró de pleno derecho en el mundo de los “memes”. El resto de los participantes en esta disciplina quedaron opacados por la ejecución ridícula y mérito de “Raygun”.
Como la mayoría de los casos que se vuelven “virales” en las redes sociales, este también parecía tener fecha de expiración. Sin embargo “Raygun” decidió redoblar la apuesta con su documental en Netflix.
El documental está bien hecho desde el punto de vista de la forma y la estética, tiene material de apoyo interesante que ayudan a comprender las circunstancias en las cuales se clasificó para los Juegos Olímpicos, la preparación previa para su participación y la entrevista de algunas personas que podían orientar sobre quien era esta “B-Girl”, incluyendo a dos “B-Girls” que la conocían bien. Pero hasta acá llega el aporte de por parte de los autores. Lo que si queda claro tanto en el documental, como fuera de él, es que Raygun tiene serios problemas para aceptar la realidad y es incapaz de aceptar las críticas a su actuación, con dos justificaciones que rayan en lo infantil o en la enfermedad mental: la primera, que ella seguía apareciendo como la Número 1 en el ranking de “The World DanceSport Federation”, la segunda, que sus movimientos son de naturaleza “artística” por lo que tienen un valor superior a las simple demostraciones atléticas de las demás participantes.
Y aquí viene la primera gran falla del “documental”: en ningún momento hay una comparación entre las ejecuciones de otros bailarines, ni siquiera en las competencias que ella participó para prepararse para los Juegos Olímpicos, como en los mismos Juegos. El documental se enfoca en las opiniones y justificaciones tanto de RayGun como de su esposo (quien además es su entrenador), que en momentos se vuelven delirantes al insistir en un valor artístico superior incomprendido por el resto.
Pero sus confesiones contradicen sus alocadas afirmaciones: en las participaciones previas de Raygun en competencias de Breakdance, su actuación fue mediocre y ellos lo reconocen. Ya con esto en mano, ya tenía elementos que le daban una señal clara de lo que pasaría más tarde.
Más increíble es que al momento de llegar a los juegos olímpicos, su aspiración no es al menos estar entre la lista de los mejores del mundo, sino lograr un punto de 54 posible. Y ni siquiera esa pobre aspiración logró concretar. Más triste aun es que su actuación fue tan ridícula e hilarante, que en pocas horas se propagaron por redes sociales y medios de comunicación.
Las pocas opiniones críticas vienen de dos B-Girls que conocen a Raygun, saben que no es la mejor en su estilo y B-Girl Flix (ambas eran amigas) se sintió ofendida por la participación de Raygun. Tampoco entrevistan a las B-Girls que participaron y se destacaron. Sus ejecuciones y opiniones también quedaron sepultadas en el afán de encumbrar a una “atleta” mediocre y delirante.
Otro oscuro pasaje que el documental prefirió obviar es la amenaza a una comediante (Steph Broadbridge) por una parodia que tenía intención de presentar, alegando violación a Derechos de Propiedad Intelectual. Esa perspectiva era importante para conocer mejor al personaje, pero los directores prefirieron no tomar riesgos.
Tal vez la parte más patética y que sirve como la manera de justificar la actuación de Raygun viene de la mano del millonario Richard Branson. Este logra contactarla para decirle que efectivamente ella es una incomprendida, cuya actuación tiene el nivel artístico que solo unos cuantos elevados pueden entender. Y la invita a su yate para que sea parte de su séquito de bufones (en el sentido que le da el diccionario de la real academia: “Personaje cómico encargado de divertir a reyes y cortesanos con chocarrerías y gestos.) Y este es el cierre y conclusión que empuja el documental: una actuación mediocre, bendecida por un millonario, es razón suficiente para demostrar cuán injustos somos.
Jesus Lopez Cegarra






.jpg)

