Una de las películas de mi infancia y adolescencia que recuerdo siempre con mucha intensidad y nostalgia es “Escape a la Victoria”, que por lo que puedo recordar, al menos en el contexto de Venezuela, la titularon “Fuga a la Victoria”, que en mi apreciación tiene una sonoridad más poética que su nombre original.
Para un chico de 10 u 11 años de los años 80, “Fuga a la Victoria” tenía todos los elementos para convertirse en su favorita y verla infinidad de veces (un vecino la tenía grabada en una cinta Betamax, y aunque la calidad de reproducción era muy pobre, lograba mantener la atención de quienes de cuando en cuando nos reuníamos para verla). Era una épica deportiva desarrollada en el corazón de la Segunda Guerra Mundial, donde un maléfico poderoso retaba a un enemigo confinado a una prisión, que solo tenía voluntad y corazón para enfrentarlo, a una improbable contienda: un partido de futbol.
Pero claro, a pesar de ciertas ventajas que el enemigo le otorgaba a su rival (comida, vestuario y mejores condiciones dentro de la prisión), aquél contaba con mejores herramientas para humillarles y usar este encuentro “amistoso” como arma propagandista de la superioridad que pregonaban tener.
Pero había ciertos factores que el enemigo no podía prever…en nuestro bando llegaría Pelé, un absoluto héroe para cualquier niño latinoamericano de la época, pues se trataba del mejor jugador de su generación y sin duda de los mejores de la historia. El magnetismo de Pelé era una garantía de éxito para la película. Era una celebridad mundial y, para el momento en que se filma la película (comienzo de los 1980) representaba la esperanza de que un deporte absolutamente seguido en el mundo entero pudiera penetrar la terca barrera de la sociedad americana, satisfecha con los deportes de su propia invención. No en vano, por esos mismos años de la película, Pelé daba sus últimos pasos en el futbol profesional contratado por el “Cosmos” de Nueva York, un equipo que, si no recuerdo mal, tenía como cancha de juego el Madison Square Garden. Una aberración para cualquier purista del “Soccer”.
Lo que entonces no sospechábamos es que (descontando Michael Caine y Silvester Stallone, que estaban en nuestro equipo y eran actores de oficio) el resto de los jugadores eran respetados futbolistas. Aún recuerdo cuando como maravilloso descubrimiento, un amigo me comentó que uno de los jugadores, que hace una magnífica “bicicleta” en el partido, era el gran Osvaldo Ardiles, gran figura del equipo campeón del mundial 1978, y artífice del triunfo de su selección. (Aunque Ardiles aparece en los créditos de la película… quién entonces se quedaba a verlos, más aun, qué cine perdía su tiempo en eso, cuando fuera de la sala había gente esperando la siguiente función) Tuvimos que ver la película una vez más para cerciorarnos de que ese dato era correcto. En una era pre-internet, una información tan “rebuscada” no era moneda corriente, al contrario, era casi un acto de prestidigitación.
Vista la película más de 40 años después hay ya muchos aspectos que para un preadolescente escapaban. La que más me pareció más sobresaliente es la actuación desubicada de Sylvester Stallone. Parecía que estaba actuando para otra película. Una suerte de “comic relief”, que no llega a ser gracioso, sino más bien un personaje enojoso, egoísta e inmaduro. Sus incursiones en la cancha para llamar la atención de Colby (Capitán y entrenador del equipo, interpretado por Michael Caine) y “demostrar” que tenía las cualidades necesarias para ser seleccionado, resultaban, a falta de una mejor descripción “payasescas”. Su intención era usar el equipo para buscar escapar de prisión, pero es difícil imaginar que un tipo tan irritante y sin las cualidades necesarias pudiera llamar positivamente la atención de Colby. Además, en ningún momento se le ve profundidad o que fuera un factor esencial para la lucha que se desarrollaba dentro y fuera de la prisión, aunque es cierto que en algún momento del desarrollo de la trama, se pone en sus manos un dilema moral importante: regresar a la prisión de donde se había evadido con éxito para decirles a sus compañeros de equipo el plan de fuga que se tenía planeado para el día del juego. Y a regañadientes acepta.
Por su parte Michael Caine, un gran actor, no lucía a la altura de un atleta de alto nivel, ni siquiera de uno que vio mejores momentos, pero su actuación es destacable y se siente genuina, especialmente cuando empatiza con Hatch (Stallone) cuando este le revela que su intención de entrar al equipo era como plataforma para escapar.
También resulta inimaginable que estos prisioneros, que provenían en su mayoría del mundo militar y por tanto de un entrenamiento muy especial para tiempos de guerra, actuaran a sus anchas, con una mínima vigilancia puertas adentro, con pleno espacio para conspirar, sin que sus pares malignos hicieran algún esfuerzo de espionaje.
Un detalle nunca tuve en el radar y que solo recientemente supe, fue que el director de “Fuga a la Victoria” era el gran John Huston. Unir esta película, que solo aparenta tener un fin comercial y establecer algún parentesco con “The Maltese Falcon” o “The Treasure of the Sierra Madre” resulta casi inverosímil. La única otra discrepancia semejante que puedo pensar es cuando el propio Huston dirigió el musical infantil “Annie”.
Sin embargo, hay instantes en que se notan las pinceladas de alguien (que fue) competente en su oficio, especialmente en el juego mismo, en donde logra genuinamente transmitir al espectador la intensidad que un encuentro de tal naturaleza pudo haber tenido. Como película, es puro entretenimiento. Y no lo digo de manera peyorativa, son dos horas de buen entretenimiento; son de esas historias que si la encontramos por mero azar en la televisión, nos quedamos allí porque nos lleva al tiempo en que luego de ver “Fuga a la Victoria”, salíamos a la calle a jugar y soñar que podíamos anotar un gol como solo Pelé lo hubiera hecho.
Jesús Lopez Cegarra




.jpg)



