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domingo, enero 25, 2026

La Muerte y la Brújula – Jorge Luis Borges

 En el relato “La Muerte y la Brújula”, una serie de asesinatos han tenido lugar. La hipótesis inicial sugerida por el comisario policial es sencilla y prosaica: Robo, la víctima descubre al criminal y este se ve forzado al homicidio. Un crimen de menor monta escala cuando la identidad del autor de ser revelada, puede tener consecuencias penales. Sin embargo, la aparición de un obscuro texto en la escena del crimen (“La primera letra del Nombre ha sido articulada”) lleva al detective Erik Lönnrt a proponer que el crimen podía tener una explicación más compleja.


El relato de Borges tiene la estructura del relato detectivesco tradicional, estilo Sherlock Holmes: Hay un crimen rodeado de circunstancias extrañas, que solo una mente fría y preparada puede resolver, atendiendo esencialmente al uso de la inteligencia, el conocimiento empírico e intelectual (“bruscamente bibliófilo o hebraísta”) puede dar un verdadero orden en el caos.

Nuevos crímenes y sus características comunes con el primero dan la razón a Lönnrt: textos similares en la escena del crimen, lo impostergable del día en que tienen lugar (el día 3 del mes) y la representación de una figura geométrica formada por los distintos puntos geográficos en los que se cometieron los crímenes, sugieren más que estos tienen en común elementos místicos asociados al nombre de dios. 

Ya con todos estos elementos en mente, con la deducción y dos sencillas herramientas (un compás y una brújula) Lönnrt ya sabe dónde y cuando se cometerá el próximo asesinato y allí irá para encontrase con el destino.

Obviamente no quiero arruinar la experiencia a nuevos lectores (o antiguos lectores, aunque este cuento lo he leído en al menos dos oportunidades, lo había olvidado por completo), porque además es una breve joya literaria, es un relato que, como muchos de Borges, están abiertos a más de una lectura y a más de una interpretación. 

Una que se me ocurre luego de releer el texto es sobre el destino, entendido como una concatenación de actos que llevan a un desenlace necesario. Algunos seres humanos tienden a pensar que nuestras vidas están ligadas a un propósito, que tenemos una misión que cumplir. Otros ven la inevitabilidad de lo que sucede, visto más bien como un punto al que fatalmente se llega. Sin embargo, y tomando como partida el relato de Borges, el “destino” puede ser también una manipulación de los hechos para hacerlos pasar como las circunstancias que nos empujan en una dirección que por error creemos nuestro destino, y que esa manipulación ha sido pensada para producir ese efecto. 

Jesus A. López Cegarra

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Borges, Jorge Luis Cuentos Completos Vintage Español. Nueva York, 2011.


jueves, octubre 17, 2019

Ficción literaria y dictaduras

Siguiendo la lógica “Funes el Memorioso” (cuento de Jorge Luis Borges) cuando decía “No sólo le costaba comprender que el símbolo genérico perro abarcara tantos individuos dispares de diversos tamaños y diversa forma; le molestaba que el perro de las tres y catorce (visto de perfil) tuviera el mismo nombre que el perro de las tres y cuarto (visto de frente)”, toda dictadura que históricamente haya soportado un país es (lamentablemente) única. Cada una surge de un momento histórico particular. Algunas nacen mediante el ejercicio de la fuerza, otras contradictoriamente, nacen de la voluntad popular, llegando al poder por el voto ciudadano.

Las dictaduras, y más en concreto las de Latinoamérica, han sido un objeto de mi curiosidad, más aún como venezolano que sigue y sufre la realidad que vive el país. En Venezuela tuvimos dos en el siglo XX (Juan Vicente Gómez y Marcos Pérez Jiménez), y otra más particular que se inició a finales del XX, pero se ha sostenido en el poder en lo que va del siglo XXI. 

La dictadura Chávez-Maduro tiene algunas particularidades, porque, aun surgiendo de un hecho de fuerza (los intentos de golpe militar en 4 de febrero y 27 de noviembre de 1992), llega al poder mediante elecciones (diciembre 1998). Si bien Chávez siempre mostró sus maneras autoritarias; su carisma y personalidad (y dinero en abundancia) le permitieron ganar elecciones, siempre con ventajismo, pero entendiendo que su presencia fue relevante para imponer el modelo. Luego de su muerte, el “legado” que reivindicaba ese movimiento político (básicamente que atendieron algunos problemas sociales, con medidas insostenibles, pero eso es otra discusión) ayudó a Maduro a llegar a la presidencia. Pero la personalidad deslucida de este, y en especial su inseguridad lo han llevado a tomar el camino de un gobierno que se mantiene por la fuerza de las armas, policiales, militares y de grupos paramilitares.

Pero las dictaduras no son un fenómeno de nuestra idiosincrasia, sino que, dadas algunas circunstancias (problemas sociales, descomposición, inexperiencia en las formas democráticas, guerras, caudillismo, agotamiento del modelo político), son catalizadores que ayudan a un caudillo o un grupo político a tomar el poder y ejercerlo con el interés de no abandonarlo. Para ello, todas se valen de las mismas herramientas: Represión, presos políticos, torturas, servicios de inteligencia, limitación de las libertades y derechos ciudadano. Lo que permite su existencia y continuidad es que la Fuerza Armada de ese país apoya y tiene intereses en que esa estructura que detenta el poder se mantenga… hasta que el dictador se convierta en un estorbo o un apestado.

De las experiencias latinoamericanas en materia de dictaduras, algunos escritores han tomado el tema para novelar a alguno de los dictadores. la primera de ellas sea probablemente “El Señor Presidente” de Miguel Ángel Asturias, y a la lista se le suman “El recurso del método” de Alejo Carpentier, “El Otoño del patriarca”, de Gabriel García Márquez, “Yo el Supremo”, de Augusto Roa Bastos y “La fiesta del Chivo” de Mario Vargas Llosa, por hablar de las que conozco. También hay otras obras que aluden un momento de alguna de las dictaduras, como lo podemos ver por ejemplo en algunas novelas y cuentos de Julio Cortázar o Roberto Bolaño, pero las anteriores reflejan más la vida de ese hombre todopoderoso que afecta para bien y sobre todo para mal, la vida de un país.

De las novelas mencionadas anteriormente, la única a la cual he vuelto es “La Fiesta del Chivo” porque me vino a la mente reflexionando sobre el tema de dictadores que son brutales y despiadados, pero que de alguna forma adornan y justifican sus crímenes con el “bienestar supremo de la patria”.

La novela de Vargas Llosa se centra en la vida y sobre todo muerte del dictador dominicano Rafael Leónidas Trujillo. Trujillo gobernó tiránicamente su país por 30 años y su muerte fue producto de un atentado planificado y ejecutado por miembros de la Fuerza Armada, algunos de ellos cercanos colaboradores. Como la mayoría de los dictadores, sufre del mesianismo y cree su vida y su presencia evitan que se desate el apocalipsis, aunque esto en el fondo no es más que una justificación a sus inseguridades y ansias de poder.

En el caso de Trujillo, su fin llegó de manos de la institución que le daba apoyo: Las Fuerzas Armadas. En su seno se forma un grupo conspirador que va madurando la idea de que la única manera de sacar al tirano del poder es mediante su eliminación física. Aunque cada uno de los principales conspiradores tiene un motivo personal para recurrir al magnicidio (desde los problemas personales con el régimen, hasta decepción por la crueldad y vesania de Trujillo y sus cercanos colaboradores, en especial sus hijos), el aspecto religioso es un aspecto sensible en la toma de decisión.

Cualquier hombre de poder tiene enemigos, y muy probablemente de estos haya alguno que quiera su desaparición física, pero esto no es tarea fácil. Un hombre de poder, consciente de ello, está rodeado de personas que velan por su seguridad. No obstante, como ocurrió con Trujillo, cuando una sociedad es atrapada por el poder y voluntad de una sola persona, es en su entorno donde se comienza a formar la idea de que remover físicamente al tirano es el comienzo de la solución.

En el caso de la conspiración que eliminó a Trujillo, las preocupaciones de los complotados no era solamente la parte organizativa, complicada de por sí, tomando en cuenta que esta venía de la propia institución que sustentación a Trujillo. También estaba el problema moral de eliminar a un ser humano, especialmente para personas con convicciones religiosas firmes.

En una de las discusiones entre los complotados, Salvador Estrella Sadhalá, ante un reclamo de uno de sus compañeros (¿Y un católico no puede hablar de coños, pero sí matar, Turco?”) manifiesta airado:

Matar a cualquiera, no. Acabar con un tirano, sí. ¿Has oído la palabra tiranicidio? En casos extremos, la Iglesia lo permite. Lo escribió santo Tomás de Aquino. ¿Quieres saber cómo lo sé? Cuando comencé a ayuda a la gente del 14 de junio y comprendí que tenía que apretar el gatillo alguna vez, fui a consultárselo a nuestro director espiritual, el padre Fortín. Un sacerdote canadiense, de Santiago. El me consiguió una audiencia con monseñor Lino Zanini, el nuncio de Su Santidad. «¿Sería pecado para un creyente matar a Trujillo, monseñor?» Cerró los ojos, reflexionó. Te podría repetir sus palabras, con acento italiano. Me mostró la cita de Santo Tomás, en la Suma Teológica. Si no la hubiera leído, no estaría aquí esta noche, con ustedes.”

Los conspiradores saben que deben acabar con el tirano. El sometimiento de toda una nación a la voluntad perversa y megalómana de un solo ser no solo crea conflictos y abusos en sí, sino también le abre paso a los seres más corruptos y despiadados que se benefician del poder y que usarán cualquier recurso disponible para sostener el entramado de tiranía, desde la tortura hasta el asesinato de rivales políticos, incluso más allá de las fronteras del país.

Cuando una dictadura se instaura y permanece en el tiempo, las instituciones son secuestradas para responder solo al tirano y sus intereses. Por eso una conspiración que busca derrocar o incluso eliminar al tirano debe enfrentar todo tipo de obstáculos, retrocesos y pequeños avances, pues cualquiera, incluso alguno de los más comprometidos, puede traicionar, o lo que es peor, flaquear en algún momento decisivo.

Los conspiradores que eliminaron al tirano Trujillo, si bien lograron el cometido más inmediato, no pudieron lograr los objetivos inmediatos posteriores una vez extinto el dictador. La debilidad de uno fue la perdición del esfuerzo de años. Pero como ocurre con todo en la existencia, los acontecimientos imprevistos generan nuevas dinámicas y de las entrañas del mismo régimen surgió la persona que guió el Post-Trujillismo.

La novela de Vargas Llosa, si bien hay que verla como una obra de ficción, nos da una aproximación al fenómeno de las dictaduras en Latinoamérica. Nos ayuda a reflexionar sobre el valor de la libertad, más aún en el presente, con estas nuevas “neo-dictaduras” y “regímenes fuertes” (muchos de corte fascista) que surgen por la voluntad de los electores y ciudadanos cuando estos prefieren abandonar la lucha constante por la libertad, para depositar ciegamente su confianza en caudillos que prometen acabar con todo lo “protervo” de la clase política (corrupción, mala administración, etc.) a cambio de prácticamente nada.

Jesus Lopez Cegarra

sábado, noviembre 26, 2016

¿Dónde está Gabriel García Márquez?



Cuando era adolescente, en los cada vez más lejanos 1980, la moda junto con las hombreras, los calentadores y Madonna, era, en lo que a literatura se refería, Gabriel García Márquez. Todo parecía girar en torno a este escritor, que muy probablemente le disgustaba tanta celebridad. 

Más de un escribidor, periodista, columnista buscaba arañar el estatus de “intelectual” parafraseando (o deformando) los títulos de los libros o las frases del escritor. Particular saña se aplicaba con “Crónica de una muerte anunciada”. Por ejemplo, si un gobernante tomaba una mala decisión y las consecuencias de la misma se materializaba en el daño previsto, más de uno soltaba: “Pues esto no es más que la crónica de una muerte anunciada”. Si alguien había sido alguna vez una celebridad, pero era luego olvidado por cualquier motivo y alguien recordaba como ese antiguo encumbrado vivía el presente en la más extrema ignominia, pues se decía con aires intelectuales “Fulano no tiene quien le escriba”. Si alguien estaba en una mala racha, pues vivía su “Mala Hora”. Los títulos de esas obras de García Márquez se convirtieron, por imposición de la moda, en los más detestables lugares comunes que se podían proferir.

La izquierda en Latinoamérica se sentía feliz de contar entre los suyos a una celebridad leída (o conocida) por muchos, quien además no ocultaba su fascinación acrítica por el hoy fallecido Fidel Castro, dictador latinoamericano que por conveniencia abrazó la fe marxista-leninista a quien entonces muchos tontos aplaudían como el gran paladín de la lucha anti-imperialista, y que era el gran ícono de la pseudo rebeldía que sentía más de un “académico” de las Universidades Públicas que en su fuero interno se negaba a abandonar los gustos burgueses.

La derecha se dejaba enredar también por la celebridad del colombiano, bien sea posando para una foto, o reconociendo sus méritos, o contraponiendo como “mejor” escritor a Jorge Luis Borges, otro fetiche que oponían quienes se consideraban con gusto más refinado y que buscaban relegar a García Márquez a un fenómeno secundario algo superior a Corín Tellado. 

García Márquez no era un pensador, no era siquiera un ensayista (y no se entienda esto como una afrenta o menosprecio, es una opinión de buena fe). Siempre reivindicó su condición de reportero, de ser un instrumento para apreciar los hechos y sus protagonistas y transmitir su apreciación de la manera más pulida y adornada. Y eso no es una crítica en sí misma, porque realmente su virtud fue ser un gran orfebre, de una florida y fértil imaginación, que sabía cómo usar magistralmente la palabra para hacer hermosos  juegos pirotécnicos y dejar con la boca abierta a su espectador.
Por supuesto Borges y García Márquez eran grandes escritores. Ambos los leí y si me apuran, me parece que Borges era más cuidadoso en no publicar escritos que estuvieran por debajo de lo que se esperaba de él. Porque Borges, sin duda, era un campeón de la precisión y la concisión, virtudes con las que un escritor rara vez se equivoca.

García Márquez, luego de su Nobel de Literatura en 1982, con la excepción tal vez de “El Amor en los tiempos del cólera”, no publicó algo relevante. Bien visto, le ocurrió como a los Rolling Stones, lo verdaderamente notable lo hicieron en los años 1960. “El General en su laberinto” fue un intento algo flojo de ver el Bolívar de sus últimos días, “Memorias de mis putas tristes” un lamentable esfuerzo de sacarle dinero a los incautos lectores. “Vivir para contarla” son unas memorias soporíferas, que vienen a ser algo así como cuando un gran prestidigitador revela sus trucos, y todo aquello que parecía magia, no son más que pequeñas trampas, artilugios y distracciones. Con este libro, el escritor logra que el pueblo alucinante de Macondo y sus habitantes de ficción no sean más que cosas pedestres y terrenales. Ni hablar de “Del amor y otros demonios” y “Noticias de un secuestro”, libros realmente flojos.

 Con la edad y el tiempo ese prestigio y preponderancia mediática de García Márquez se fueron apagando. Ha caído lenta y fatalmente en un injusto olvido. ¿Sobrevivirá a esta indiferencia?... Bueno, por ahora lo está haciendo en Colombia… en forma de billete.



Jesús López Cegarra

martes, mayo 04, 2010

Deuda con Rómulo Gallegos


Para cualquier venezolano, el nombre de Rómulo Gallegos despierta algo de la identidad que anhelamos. Sus novelas se desarrollan y describen los parajes más consubstanciados con la nuestra nacionalidad y algunos de sus personajes están dotados de las cualidades que deseamos (un Santos Luzardo, por ejemplo), aunque en sus páginas también habitan otros más semejantes a nuestra verdadera forma de ser, como el inefable Mujiquita. En el pasado, las participantes en los concursos de belleza mencionaban a Gallegos como la lectura daba a entender que estaban allí no sólo por su belleza, sino por tener una amplia cultura general. Hoy en día, otro de sus personajes resuena por razones políticas: el antipático “Mr. Danger”.

En mi caso, Rómulo Gallegos está ligado al encuentro con la literatura: fue a través de este autor que entendí y comprendí el valor de la ficción, de la imaginación, de la lectura como placer. En definitiva, como una manera de entender al mundo, viéndolo desde uno paralelo, distinto, finito (visto desde la perspectiva de la obra que estamos leyendo), pero infinito en cuanto a sus posibilidades.

Fue un particular maestro de enseñanza primaria de sexto grado, preocupado por lo que él consideraba nuestra “pérdida de identidad” por preferir modas y usos extranjeros (especialmente los que provenían del “imperio norteamericano”) que nos constreñía a leer la novela más famosa de Gallegos: “Doña Bárbara”. Esto con el fin de encontrar allí las raices de la “venezolaneidad” y el verdadero camino al desarrollo y a la prosperidad.

Más adelante, cuando cursaba el tercer año de la educación media, nos tocó de nuevo leer otra novela de Rómulo Gallegos, a cambio de una calificación en “Castellano y Literatura”: “La Trepadora”. Era ésta la manera de que encontráramos gusto por los libros: a la fuerza. Un ejercicio que con el tiempo encontré, por decir lo menos contraproducente, cuando no hipócrita: a la larga nadie se terminaba interesando por la literatura. La mayoría prefería, o bien aprenderse algún resumen de memoria, o bien leerla como quien toma una medicina desagradable, o pedir a alguien que nos resumiera el mamotreto.

Por mi parte, carecía entonces de cualquier disciplina como lector, pero muy pronto el mundo subyacente en las palabras me atrapó. Hoy en día me es difícil recordar bien de que trataba la novela, pero en su momento esa lectura fue un ejercicio placentero: el poder entrar en un mundo que desconocía. Lei otras obras de Gallegos como consecuencia y de ahí en adelante fui descubriendo también otros autores que abrieron a su vez otras posibilidades: Juan Rulfo, Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Jorge Luis Borges, Mario Vargas Llosa, entre otros.

Unos veinte años más adelante, cuando las páginas de Gallegos eran casi un recuerdo de la adolescencia, traté de releer alguno de sus libros. Sin embargo, encontré que ya no me eran tan placenteros como en el pasado. Tal vez ya no era el lector para el tipo de obra de Gallegos. No pretendo con ello devaluar su obra, simplemente en lo personal había derivado a otro tipo de literatura.

Sin embargo hay otros aspectos de Gallegos que admiré y admiro. En la Venezuela que le tocó vivir (la del gomecismo y post-gomecismo) aparejó su vida intelectual con su vida política: probablemente haya en su obra una forma incipiente de “literatura comprometida”: el reflejo de la lucha maniquea entre la civilización y lo salvaje.

Que un escritor de su talla se adentrara en la política en un país semibárbaro era más que justificable: era probablemente la única herramienta que una persona de su sensibilidad social podía acceder para reparar los entuertos de dictaduras y caudillismos. Esto lo llevó por distintos cargos públicos, y más adelante a la Presidencia de la República con un increible 80 % de los votos populares, directos y secretos...sólo para ser echado ignominiosamente de allí y de camino al exilio. Tuvieron que pasar 10 años, una dictadura militar y un nuevo derrocamiento, para que volviera a Venezuela.

Últimamente tengo la sensación que se ha querido borrar del mapa a Gallegos: Ni siquiera sus correligionarios lo mencionan como una fuente inspiradora de civilidad. Del lado del Gobierno, la cosa no puede ser peor: un Busto del escritor que se hallaba en el Palacio de Miraflores... fue sustituido por el de un ditactorzuelo: Cipriano Castro. Cualquier comentario al respecto sobra... (http://politica.eluniversal.com/2009/04/16/pol_art_busto-de-cipriano-ca_1349328.shtml

En estos tiempos difíciles invito a las nuevas generaciones a estudiar y redescubrir a Rómulo Gallegos. Su ejemplo, tanto en lo literario como el lo político, bien pueden ser de inspiración para lo grande.

sábado, noviembre 14, 2009

Funes el memorioso en la actualidad


"Mi memoria, señor, es como un vaciadero de basuras" Jorge Luis Borges en Funes el Memorioso

Funes el Memorioso es probablemente el cuento que más releo entre la obra de Jorge Luis Borges. Hay una atracción especial hacia esta corta historia, porque de alguna manera resume el estilo del gran autor argentino: concisión, un cierto humor muy intelectual, referencias a libros a los que, o bien difícilmente se tiene acceso o que simplemente no hay tiempo para leer, y escondidas alegorías.

Tomo otra vez este cuento y me es difícil no relacionarlo con el mundo moderno y con la herramienta de comunicación e información más importante desde la que se inventó la imprenta: Internet.

Ireneo Funes, a raiz de un accidente, se transforma en un ser extraordinario. Su memoria transforma su percepción del mundo, pues además de ser capaz de aprender cualquier idioma, citar en todos sus detalles cualquier obra que pase por sus manos hasta poder recordar cada uno de los episodios de un día, al punto de poder apreciar la lenta transformación de todo cuanto lo rodea: "Funes discernía continuamente los tranquilos avances de la corrupción de la caries, de la fatiga. Notaba los progresos de la muerte, de la humedad."

Toda esta nueva conciencia lo lleva a idear nuevas formas de concebir el mundo y de catalogar cada una de los objetos sobre la tierra. No más conceptos o definiciones, pues cada hoja de un arbol, o cada perro existente requiere de una manera individualizada para identificarla.

Esta manera especial de Funes de racionalizar el mundo lo hacía "...incapaz de de ideas generales platónicas...", de efectuar una operación tan sencilla como ver dos perros y no poder apreciar las semejanzas que lo hacían miembros de un solo grupo, sino las diferencias que separaban ambos objetos para hacerlos totalmente disímiles. En palabras del propio Borges su capacidad de pensar, porque: "Pensar es olvidar diferencias, es generalizar, abstraer. En el abarrotado mundo de Funes, no había sino detalles, casi inmediatos."

Como no pensar que hoy en día, gracias a Internet, estamos frente a todo un cúmulo de datos que poco a poco nos harán incapaces de "pensar" en los términos convencionales. cada idea, cada cosa, cada persona pueden ser vistas en sus cambios inmediatos, sin que por ellos podamos extraer ideas generales, clasificaciones. Estamos en el umbral de un mundo de memoriosos.

El valor de un Documental: Raygun Breaking Badly

 Cuando una obra audiovisual es etiquetada como “Documental”, en cierta manera se genera una expectativa de que estamos ante un análisis de ...