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miércoles, febrero 19, 2025

Un repaso a Terminator (James Cameron)


Terminator es quizás de las pocas películas con las que cuento más recuerdo sobre el entorno del tiempo, lugar y personas con quienes estuve. Fue en el cine “Glorias Patrias” en la ciudad de Mérida (Venezuela). A pesar de que no se contaba con las ventajas de celulares y redes sociales, un grupo de compañeros de clase del colegio “La Salle” logramos ponernos de acuerdo para verla mediante la hoy primitiva y casi extinta comunicación telefónica fija, que entonces era bastante deficiente. Estábamos en el cuarto año de bachillerato y creo que ninguno de los que fuimos teníamos suficiente “autonomía de vuelo” para ir por nuestra cuenta, así que todos fuimos llevados y buscados por alguno de nuestros padres.

Tampoco era mucha la información que se podía sacar de una película. Era muy exiguo lo que se publicaba en los medios de comunicación y muchas decisiones sobre qué ver y su posible calidad, se extraía de la página que los periódicos dedicaban a la cartelera de cines. Se juzgaba por la foto, por la carrera de alguno de los actores y alguno que otro comentario sensacionalista que podía acompañar a la publicación. Así que llegar en aquellas circunstancias a Terminator fue casi una feliz coincidencia, sin siquiera imaginar que esa obra, vista en un remoto establecimiento (hoy día inexistente) en una ciudad de la provincia hoy también casi olvidada por la humanidad, se convertiría en un verdadero fenómeno cultural que ha marcado a las generaciones desde entonces, que su director sería uno de los más importantes del cine, pero tal vez por encima de todo, anticiparía un tema que cada vez está en mayor discusión: nuestra relación con la inteligencia artificial y la potencialidad de una distopia.

Creo que hablo por todos quienes fuimos al decir que la película no nos dejó indiferente. La prueba es que al concluir e irnos incorporando para salir de la sala, había un murmullo de comentarios. El tema del viaje en el tiempo era parte de la discusión. ¿Era posible?, ¿Tenía sentido como se planteaba allí?, pero tal vez la pregunta que más se insistía era ¿Tenía sentido que Kyle Reese fuera el padre de John Connor? Según la lógica causa-efecto que limitadamente manejábamos, el padre de John Connor debía ser algún contemporáneo de Sarah Connor, luego John desde el futuro envía a Reese para salvar a su madre de la máquina asesina (interpretada muy bien por Arnold Schwarzenegger), por lo que al quedar embarazada, su hijo sería otro John Connor (no el que ya existía en el futuro), creando una inmensa y casi imposible de comprender paradoja del tiempo (que seria tratada por otro gran clásico, “Volver al futuro”). O sea, una variación de la llamada “paradoja del abuelo”. (En lo personal, el tema del tiempo y los viajes en el tiempo se convirtió en un tema recurrente en mi imaginación y en mis lecturas hasta la fecha)


El otro asunto que tal vez no era fácil de anticipar en ese momento, pero que hoy en día lo vemos más probable es que las máquinas, creación humana, tomen conciencia y quieran destruir, sustituir o someter  a su creador. Terminator es sobre esa batalla: el hombre contra la máquina. La máquina, en ese futuro propuesto por Terminator, se da cuenta de que el liderazgo de John Connor y la “resistencia” es un factor desequilibrante en favor de los humanos, por lo que matar a la madre antes de la concepción de John, es la solución para ganar esa guerra. Connor por su parte envía a su “padre” para que cumpla las dos misiones más importantes para el futuro de la raza humana:  Salvar a “Sarah” y dejarla embarazada.

El tema de las máquinas que adquieren consciencia (a las que hoy  llamamos “Inteligencia Artificial” – “IA o AI” por sus siglas en inglés) ha cobrado relevancia desde que la AI tiene una mayor presencia en la vida humana. Aunque se trata de una herramienta que puede ser de gran ayuda en muchas tareas (aunque demonizada por sectores como la de los escritores sindicalizados del cine y la televisión en USA), ha habido ciertas acciones perturbadoras de la AI, reseñadas por los medios de comunicación que pueden ser manifestaciones de ese futuro oscuro que Terminator nos enseña.

Jesus Lopez Cegarra

martes, noviembre 06, 2018

Sobre Juan Nuño (1927-1995)

De Juan Nuño, filósofo nacido en Madrid, fallecido en Caracas en 1995 recuerdo especialmente sus artículos de opinión que publicaba en el diario “El Nacional”. Tenía una capacidad bien suya de generar polémica, especialmente entre sus enemigos declarados, la izquierda política filocomunista.

Conocí al profesor Nuño en algún momento de comienzo de los años 90. Fue a Mérida a dar una charla sobre Freud, quien curiosamente estaba de moda entonces (incluso yo me leí gran parte de su obra). La charla fue en el Colegio de Médicos, creo recordar, y Nuño, quien era un crítico implacable de Freud y lo comparaba con otras doctrinas totalitarias como el “Marxismo”. Sus posiciones, como casi siempre no pasaron sin cierta polémica, y un profesor de la Universidad, tal vez exaltado por alguna bebida espirituosa, le respondió ásperamente, lo cual agregó más colorido a la charla.

Uno de mis amigos, Alirio Pérez Lo Presti, aprovechó un momento para hablar con Nuño y pedirle una entrevista para el día siguiente, lo que Nuño gustosamente aceptó. Y así fuimos el otro día a buscarlo Alirio, Daniel Márquez, mi hermana Rosanna y yo al hotel donde se alojaba, el “Caribay”. Nos fuimos a un parque que queda una cuadra más allá y nos sentamos cómodamente en algún banco. Mérida era algo bastante distinta a la de hoy en día y se podía estar en estos espacios abiertos sin mayor temor a alguna manifestación del hampa.

El profesor Nuño se le notaba algo “paranoico” pero le explicamos las bondades de la ciudad de Mérida. Era muy improbable que nos ocurriera algo, cosa que a Nuño lo sorprendió bastante, viniendo de una ciudad tan compleja como Caracas.

Lo mejor de todo fue la conversación. Discutimos de muchos temas: Freud, Kafka, el tema judío, el marxismo, Borges, la literatura, libros, etc. También hablamos de la situación de Venezuela, siempre complicada y difícil. Fue un intercambio de ideas muy agradable y enriquecedor, quisiera creer que para todos. Nuño era un buen conversador, pero era también un buen oyente. Escuchaba nuestros planteamientos e inquietudes con igual interés. Nuño, en persona era muy distinto de sus artículos de prensa, escritos bajo otras premisas y condiciones y con un tono siempre invitando a la polémica.

Lamentablemente entonces los medios para comunicarse y mantenerse en contacto eran muy limitados y no logramos mantener algún tipo de comunicación con el profesor Nuño, aunque siempre estábamos pendientes de sus artículos y sus libros. Uno de ellos fue “La Veneración de las astucias”, que incluía varios excelentes ensayos, especialmente sobre Jean Paul Sartre, Henry Miller, José Ortega y Gasset, Miguel de Unamuno. Nos sorprendía por un lado su absoluta veneración a Unamuno, pero también su despiadado análisis de Ortega y su obra, y lo consideraba un buen “filósofo de café” (Creo que sus ataques a Ortega eran injustos, porque Ortega, además de ser un gran escritor, poseía una capacidad de entender la dinámica social y sacar conclusiones y predicciones muy válidas, como lo hizo en “La Rebelión de las masas”. Pero esto ya es tema de otra discusión).

Cuando los intentos de golpe de estado de 1992, Nuño mantuvo una posición muy firme contra las aventuras militares golpistas, que a la luz de la experiencia resultaron nefastas para Venezuela. Con ocasión de la postura de Nuño, mi amigo Daniel Márquez escribió una carta que fue publicada en el Diario El Nacional, titulada “Bravo Profesor Nuño”. No hay que olvidar que algunos “intelectuales” y medios de comunicación (incluyendo a El Nacional) simpatizaban con los militares golpistas.
Una de las grandes pasiones de Nuño fue el cine y lo demostró con un libro: “200 horas en la oscuridad”. Es la recopilación de crónicas escritas casi al momento de las películas que iba viendo. 


Es una buena referencia para conocer películas y tener su visión crítica y experta, pero de una forma amena. Es una obra a la que siempre se puede volver para encontrar nuevas posibilidades de lo que hay que ver y no hay que ver y disfrutar de sus comentarios y visiones del tema.

Lamentablemente el profesor Nuño murió relativamente joven. 68 años. Una vida un poco más larga no hubiera proporcionado su clara visión de lo que vendría después, y hubiéramos tenido de nuestro lado un aliado de primera en la lucha contra el primitivismo de eso que vino a partir de 1998.

Jesus Lopez Cegarra

jueves, diciembre 30, 2010

Juan Felix Sánchez


Revisando viejos documentos guardados por años, me topé con tres fotos que me trajeron gratos recuerdos de uno de esos seres humanos maravillosos muy ocasionalmente tenemos oportunidad de conocer: el artista plástico Juan Félix Sánchez.

Entonces yo estudiaba en la Universidad de Los Andes, y de vez en cuando me iba rumbo al frío páramo merideño. Allá, en algún lugar era posible ver a Juan Felix. A veces estaba sentado en la carretera tomando sol (algo que le producía un gran placer), o si uno se encontraba en los alrededores de San Rafael de Mucuchíes y preguntaba por él, alguien podía dar cuanta de su ubicación.

Todos lo llamábamos Juan Felix. A pesar de la diferencia de edad. Había algo en él que lo hacía ver jóven. Su sonrisa era amplia, sus palabras agudas e ingeniosas. Ya estaba algo sordo, pero en las conversaciones siempre afloraba un sentido del humor inteligente. (Recuerdo que una vez me estaba mostrando sus álbumes de fotos, y había algunas con Sofía Imber en su casa en Caracas. Yo le pregunté "¿Qué tal Sofía Imber", se rió y me dijo "Muy simpática y buena moza...Pero que no sepa Epifania esto, porque se pone celosa". 

En otra ocasión que le visité, le compre dos kilos de café recién molido, de una factoría que queda o quedaba por la avenida dos en Mérida (el aróma del café se podía sentir unas cuadras antes de llegar al sitio, una antigua casa estrecha). Llegué y en San Rafael de Mucuchíes pregunté por él y me dijeron en qué casa se encontraba. Allí estaba, junto con Epifania Gil, su compañera de vida, trabajando con unas telas. Le dí el paquete con el café molido y me lo agradeció de manera emotiva: "Hijo, muchas gracias, esto es oro para nosotros".

En esa ocasión, había varias personas allá, formando casi un anillo de seguridad en torno a Juan Félix, incluyendo una familiar suya que me preguntaba "¿Ustedes son de aquí?", aunque en el fondo quería preguntarme que qué quería de él. También estaba un petulantico caraqueño que entiendo estaba pasando un tiempo allí, en función de una actividad relacionada con sus estudios universitarios. Éste me seguía de cerca y no se apartó un momento mientras estuve allí. Era como una especia de perro guardián, pero además se creía con el derecho de intervenir y preguntar qué hacíamos ahí. Finalmente le tuve que decir que yo venía con frecuencia a visitarlo y que además había firmado manifiestos y defendido junto con otros amigos, de los arrebatos del patrimonio de Juan Félix Sánchez por parte de seres inefables que de manera interesada se hacían sus amigos para robarle sus obras artísticas.

Eran muchos los bandidos que se aprovechaban de este hombre, que era un santo. Juan Félix en una ocasión donó una casa suya, para que la convirtieran en un centro cultural del pueblo. Para desgracia suya, tal deseo no se cumplió, sino que el inmueble se utilizaba para fiestas y saraos de tinte político, lejos de las actividades para la cual entregó esa casa a la gobernación de Mérida. Luego, Juan Felix pedía que se le devolviera la casa, reclamando que él no la había entregado para esos fines, y la respuesta de las autoridades, alegando argumentos leguleyos, no querían devolverle lo suyo. Ante tal atropello, dirigimos cartas de protesta a la gobernación. No recuerdo bien que pasó con la casa... Creo recordar que se la devolvieron...

También había gente asociada a la política que trataban de convertirse en protectores de Juan Felix, pero lo hacían para robarle o para aprovecharse de su nombre. Uno de estos personajes fue a visitarle. El artista, que siempre era abierto y espléndido. Pero en esa ocasión narcotizaron a él y a Epifania y les robaron hasta joyas que pertenecían a su familia.

No me cabe duda que Juan Félix era un santo. Era un hombre muy religioso y su obra la consagró a Dios. Construyó con sus manos y casi sin ayuda dos hermosas iglesias de piedra, una de ellas en el Tisure y otra en San Rafael de Mucuchíes. (Yo le pregunté una vez que cómo había hecho para transportar esas piedras tan pesadas... simplemente se rió y no me contestó. Alguien me comentó que ese era un secreto bien guardado que conservaba para sí).

Lamentablemente, la ignorancia de muchos les impide apreciar la inmensidad de esos monumentos y las tratan con irrespeto, robando parte de esas piedras, sin entender que esas rocas fuera de allí caracen de sentido, que sólo cumplen una función como parte de esas obras maestras.

Por cuestiones del destino, me fui de Mérida. Poco tiempo después murió Juan Felix. Lamento no haber podido visitarle de nuevo, pero siempre lo tengo presente como uno de los grandes venezolanos que dedicó su vida y obra a esta tierra ingrata.

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