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sábado, septiembre 27, 2025

Una lectura seria (Parte II)


En varias ocasiones quise releer las historias de Holmes. Siempre las he recordado como lecturas gratas, capaces de mantenerme en vilo y al ir a dormir, esperar con ansias volver a la mañana siguiente a esas páginas llenas de misterios por resolver, centradas en ese personaje de personalidad magnética y su fiel cronista, el amable Doctor Watson. 

Pero siempre me abstenía de hacerlo, pues luego de muchos años, temía que esas novelas y cuentos tuvieran “fallas estructurales”, o para decirlo de manera más llana “se le vieran las costuras. Con otras obras he tenido sentimientos similares, como sucedió con “Los Tres Mosqueteros” de Alejandro Dumas, obra a la que también le guardo un cariño especial, porque al igual que Holmes, me llevaron horas del mejor entretenimiento posible. 

Sin embargo, una edición atractiva de la editorial Penguin armada con tres gruesos volúmenes con el título “Todos los casos de Sherlock Holmes” me llenó de curiosidad. En su momento, pensé que había leído todo lo que había del afamado detective, pero encontré que había más, y la curiosidad pudo más que el prejuicio formado en mi mente. En efecto había más material de Holmes del que tenía conocimiento, especialmente en la parte los relatos, porque las novelas de Holmes son cinco: Estudio en Escarlata, El Signo de los cuatro, El Perro de los Baskerville y El Valle del Miedo.



Pero ese prejuicio venía con una razón de por medio. Un amigo que conocí en Caracas cuando me fui a vivir allá, Víctor Manuel Reinoso, era un lector furioso de esos subgéneros de la literatura que yo desconocía entonces y que denominaban “Novela Negra”, estilo literario que en cierta manera se contraponía a obras como las de AC y Holmes, aunque en gran medida, eran la fuente de su origen. 

 “La Novela Negra” se deriva de las novelas policiacas o de detectives, aunque estás están más centradas en la resolución de un misterio, generalmente algún tipo de crimen como podía ser un el “crimen de salón”, en donde la acción sucede en un espacio cerrado, con un grupo pequeño de personas y a través de la mente brillante de un detective, se van estableciendo las causas que cada uno pudo tener con el hecho, para finalmente develar el autor y juega un papel importante la psicología y las motivaciones que las evidencias que condujeran a conocer la identidad del criminal. Agatha Christie es por mucho la exponente más conocida de este género, aunque en lo personal, nunca me gustó, aunque el verdadero precursor es del género Edgar Allan Poe con los “Crímenes de la Calle Morgue”. 

Había también otro tipo de relatos que, aunque busca igualmente resolver el misterio, usa más la deducción, unida a observaciones agudas y aplicación del conocimiento “científico” para con una base más lógica, dar con la respuesta. Acá es donde se mueve nuestro personaje Sherlock Holmes.

La novela negra, por su parte empuja las limitadas fronteras del crimen de esas obras detectivescas a la realidad de la calle. La sociedad aparece más como un conglomerado difuso. Ya no son los aristócratas en una mansión los protagonistas, sino personas de carne y hueso en un entorno más hostil. 

Ya no es extraño enfrentar a un policía o un político corrupto, a algún poderoso, o que los propios detectives héroes se vean también impelidos a cometer algún acto contrario a la ley con el fin de resolver un crimen o preservar la integridad de alguien que es víctima de alguna circunstancia opresiva. El crimen de la novela ya no es un misterio de ajedrez que requiere una unica solución, el crimen es más un elemento de la vida cotidiana, que con frecuencia no termina en la anhelada justicia. En la novela negra, el detective (llámese Phillip Marlowe o Sam Spade) es un elemento clave, también lo podía ser el criminal, y la historia ser contada desde su perspectiva, como el caso de Tom Ripley. 

De este género, los autores que leí con gran placer fueron Dashiell Hammett, Raymond Chandler y Patricia Highsmith.

Aunque la novela negra pasó por mucho tiempo a ser la lectura que más ocupaba mi tiempo, siempre la relacioné con esas aventuras creadas en lamente de ACD y personificadas por Sherlock Holmes, pero ya esos juegos intelectuales de descubrir el crimen en base a pura especulación deductiva y científica (y hasta pseudo científica) me parecían una etapa superada.

Sin embargo, esta nueva revisita a ACD y Holmes han sido de interés. Se trata de una lectura más madura, aunque ahora abundan por tanto los momentos en que me exasperan un poco esas especulaciones que pueden rayar en lo ridículo, pero también valoro esa capacidad de ACD de mantener al lector fiel a la historia hasta el final, así se sepa de antemano de esas fallas que antes mencionaba.


jueves, enero 10, 2013

Cine y Literatura: Cuando las versiones no coinciden

Cuando una obra escrita (una novela, un cuento) es llevada al cine, siempre habrá discusiones sobre si el director pudo captar la esencia de la obra impresa. No es extraño que en ciertos casos, el director se tome algunas libertades generadas de su propia interpretación de la obra o para su adecuación a un formato distinto.

La obra escrita y la cinematográfica son formas de expresión diferentes. Cada una con ventajas y limitaciones. En un libro, el autor puede extenderse en describir situaciones, detalles, lo que piensan los personajes, paisajes, ambientes…. No obstante cuenta con alguna restricciones, porque no puede utilizar el sonido y las imágenes. Hay que entender que la vista es un sentido esencial para entender lo que nos rodea. El cine, por el contrario, sí cuenta con imágenes y sonido, pero es casi imposible en fijarse de manera pormenorizada en detalles, porque el tiempo del espectador es limitado: no lo podemos retener por mucho tiempo. (Hace poco escuchaba un reportaje en la BBC, en el que se discutía como últimamente el tiempo de duración de las películas se estaba prolongando cada vez más.

Una de las explicaciones que sugirió es que con las nuevas imágenes digitales más realistas, se usa mucho de ese material en la producción). No todos los libros buenos son llevados al cine. Algunos adefesios literarios generan un engendro cinematográfico. Un solo ejemplo es más que ilustrativo: “El Código Da Vinci”. No vale la pena entrar en mayores detalles. Hay excelentes obras literarias con buenas, regulares y malas contrapartidas en el cine. Hay experimentos interesantes, como “Romeo+Julieta” de Baz Luhrmann. O versiones cinematográficas bastante fieles, como la trilogía de “El señor de los Anillos” de Peter Jackson, a pesar de ciertas licencias que el director se tomó, seguramente para ganar tiempo, pues las películas son ya de por sí bastante extensas. Por supuesto cualquier lista sobre este tema será incompleta y en algunos casos injusta.

Por los momentos haré referencia a una gran novela, “El largo adiós”, de Raymond Chandler y la versión al cine de un gran director, Robert Altman. Sobre la novela de Chandler son los elogios los que sobran. “El Largo adiós” es sin duda su obra más lograda y donde queda mejor definido su gran personaje: el detective privado Phillip Marlowe. Un personaje sarcástico, amargado y con un código moral propio sobre al que se apega estrictamente. La película de Altman, aunque lleva el mismo título y el personaje principal se llama igual, los hechos narrados apenas evocan lo que realmente se desarrolla en la novela de Chandler.

No entro en mayores detalles para no desalentar a quien se quiera apreciarlas a ambas, pero llamo la atención sobre un detalle: En el libro hay (al menos… el lector entenderá el por qué hay varias muertes y suicidios. Pero en el suicidio de Roger Wade (el escritor), Altman dedidió cambiar un disparo por arma de fuego, por un chapuzón en el mar que le ocasionó la muerte… Lo peor es que esa muerte mediante un arma de fuego es una pieza importante para entender ciertos comportamientos y hechos esenciales de la trama de la novela. Pero este no es el único punto en el que Altman alteró los hechos en la novela. ¿Por qué Altman decide hacer unos cambios tan radicales? Pareciera que Altman dirigió una versión que le contaron sobre la novela, sin haberse tomado la molestia de leerla. Apenas hay cierta relación, muy vaga, entre ambas historias, pero la complejidad de la narración de Chandler. Como película tampoco fue de mi agrado. El Marlowe de Altman es una caricatura de su contraparte literaria. A veces pienso que quienes producen el cine en Estados Unidos (al menos el cine comercial) evitan algunos temas para no herir cierta “sensibilidad” en el público que pudiera tener consecuencias en la taquilla. Parecen preferir que en cualquier historia que se cuente, cierto sentido de “justicia” prevalezca, y que el “bien” triunfe sobre el “mal”. La historia de Chandler no ofrece mayores opciones para un final feliz. El caso de “El largo adiós” de Altman podría ser un ejemplo de esa hipótesis.

El valor de un Documental: Raygun Breaking Badly

 Cuando una obra audiovisual es etiquetada como “Documental”, en cierta manera se genera una expectativa de que estamos ante un análisis de ...