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sábado, octubre 10, 2020

¿Por qué Van Halen? (I)

 


¿Cuándo escuché por primera vez a Van Halen? Probablemente hacia 1980-1981. El mundo era muy distinto y la información estaba desperdigada acá y allá. Solo algunas publicaciones como “Kerrang!” y otras que ahora no recuerdo podían proveer algo de información sobre bandas de rock y las letras de las canciones. En mi caso, había algo de instinto. Entraba en alguna disco tienda, husmeaba acá y allá y en un porcentaje bastante alto reconocía una buena banda. La carátula de los “LP” jugaban un papel crucial en la decisión. Debía haber algo de rebeldía en la presentación, algún meta mensaje que expresara disconformidad. Ray Conniff, Richard Clayderman eran lo opuesto a eso. En “mis” grupos debía haber algo que representara lo opuesto a Conniff o Clayderman. O Sinatra, a quien detestaba, pero que en el fondo sabía que era un grande.

En esta época en que el disco-music se imponía como la música de preferencia de los jóvenes, especialmente después del éxito de la película "Fiebre del sábado por la noche" con su soundtrack con los Bee Gees a la cabeza y sus bailes fáciles y extravagantes, el rock parecía viviendo una hora menguada, y hasta grupos como Kiss y los Rolling Stones se vieron tentados a explorar ese terreno de música bailable y comercial, para no perder terreno. 

sábado, noviembre 26, 2016

¿Dónde está Gabriel García Márquez?



Cuando era adolescente, en los cada vez más lejanos 1980, la moda junto con las hombreras, los calentadores y Madonna, era, en lo que a literatura se refería, Gabriel García Márquez. Todo parecía girar en torno a este escritor, que muy probablemente le disgustaba tanta celebridad. 

Más de un escribidor, periodista, columnista buscaba arañar el estatus de “intelectual” parafraseando (o deformando) los títulos de los libros o las frases del escritor. Particular saña se aplicaba con “Crónica de una muerte anunciada”. Por ejemplo, si un gobernante tomaba una mala decisión y las consecuencias de la misma se materializaba en el daño previsto, más de uno soltaba: “Pues esto no es más que la crónica de una muerte anunciada”. Si alguien había sido alguna vez una celebridad, pero era luego olvidado por cualquier motivo y alguien recordaba como ese antiguo encumbrado vivía el presente en la más extrema ignominia, pues se decía con aires intelectuales “Fulano no tiene quien le escriba”. Si alguien estaba en una mala racha, pues vivía su “Mala Hora”. Los títulos de esas obras de García Márquez se convirtieron, por imposición de la moda, en los más detestables lugares comunes que se podían proferir.

La izquierda en Latinoamérica se sentía feliz de contar entre los suyos a una celebridad leída (o conocida) por muchos, quien además no ocultaba su fascinación acrítica por el hoy fallecido Fidel Castro, dictador latinoamericano que por conveniencia abrazó la fe marxista-leninista a quien entonces muchos tontos aplaudían como el gran paladín de la lucha anti-imperialista, y que era el gran ícono de la pseudo rebeldía que sentía más de un “académico” de las Universidades Públicas que en su fuero interno se negaba a abandonar los gustos burgueses.

La derecha se dejaba enredar también por la celebridad del colombiano, bien sea posando para una foto, o reconociendo sus méritos, o contraponiendo como “mejor” escritor a Jorge Luis Borges, otro fetiche que oponían quienes se consideraban con gusto más refinado y que buscaban relegar a García Márquez a un fenómeno secundario algo superior a Corín Tellado. 

García Márquez no era un pensador, no era siquiera un ensayista (y no se entienda esto como una afrenta o menosprecio, es una opinión de buena fe). Siempre reivindicó su condición de reportero, de ser un instrumento para apreciar los hechos y sus protagonistas y transmitir su apreciación de la manera más pulida y adornada. Y eso no es una crítica en sí misma, porque realmente su virtud fue ser un gran orfebre, de una florida y fértil imaginación, que sabía cómo usar magistralmente la palabra para hacer hermosos  juegos pirotécnicos y dejar con la boca abierta a su espectador.
Por supuesto Borges y García Márquez eran grandes escritores. Ambos los leí y si me apuran, me parece que Borges era más cuidadoso en no publicar escritos que estuvieran por debajo de lo que se esperaba de él. Porque Borges, sin duda, era un campeón de la precisión y la concisión, virtudes con las que un escritor rara vez se equivoca.

García Márquez, luego de su Nobel de Literatura en 1982, con la excepción tal vez de “El Amor en los tiempos del cólera”, no publicó algo relevante. Bien visto, le ocurrió como a los Rolling Stones, lo verdaderamente notable lo hicieron en los años 1960. “El General en su laberinto” fue un intento algo flojo de ver el Bolívar de sus últimos días, “Memorias de mis putas tristes” un lamentable esfuerzo de sacarle dinero a los incautos lectores. “Vivir para contarla” son unas memorias soporíferas, que vienen a ser algo así como cuando un gran prestidigitador revela sus trucos, y todo aquello que parecía magia, no son más que pequeñas trampas, artilugios y distracciones. Con este libro, el escritor logra que el pueblo alucinante de Macondo y sus habitantes de ficción no sean más que cosas pedestres y terrenales. Ni hablar de “Del amor y otros demonios” y “Noticias de un secuestro”, libros realmente flojos.

 Con la edad y el tiempo ese prestigio y preponderancia mediática de García Márquez se fueron apagando. Ha caído lenta y fatalmente en un injusto olvido. ¿Sobrevivirá a esta indiferencia?... Bueno, por ahora lo está haciendo en Colombia… en forma de billete.



Jesús López Cegarra

jueves, junio 09, 2011

ROCK, LEYENDAS Y RECUERDOS: Vida de Keith Richards


¿Qué más se puede decir de Keith Richards? Es uno de esas personas que han estado presente en la escena durante más de medio siglo. Miles de páginas se han escrito sobre su vida, sus excesos, su música, su permanencia en una banda (¿hay que decir que son los Rolling Stones?) de cuyos integrante se dice con sorna que son los “abuelos” del Rock: una especie de descalificación, porque el rockanroll es energía, juventud, rebeldía, inconformismo... cualidades que generalmente no atribuimos a un septuagenario...

De Richards además abundan leyendas, algunas de vieja data, pero otras de reciente aparición, como la que se encaramó (con sus casi setenta años) a un cocotero cayó de cabeza, parecía que iba a morir... pero el viejo gato de nueve vidas sobrevive y sigue dando conciertos... o esa que mezcló las cenizas de su padre con cocaína y las aspiró (hay algo de cierto… como en toda leyenda)... Hay una que cuando la recuerdo me desternillo de la risa: Periódicas transfusiones de sangre que se practica en Suiza para limpiar el cuerpo de las drogas consumidas y poder continuar como si nada.

Sus excesos no son un secreto, algunos están registrados en cámara: en internet se puede ver el documental “Cocksucker Blues”. Allí hay bastante para comentar... Pero tampoco es que el guitarrista haya negado su pasado... ha sido bastante explícito y abierto con lo que efectivamente ha sido de su vida... También ha querido aclarar todo aquello que es falso, con resultados escasos, porque la leyenda se impone.

Para mayor abundancia, Richards publicó una autobiografía.

“Life” (o “Vida”) va dando cuenta de muchos de los elementos que queremos conocer Richards, como artista y como ser humano: Su infancia, sus influencias musicales, sus primeros pasos en la música, cómo fue conociendo cada uno de los miembros, especialmente a Mick Jagger, con quien ha construido una relación profesional y artistica que, pese a parecer un matrimonio bien avenido, parece más un “matrimonio por conveniencia”. Y a decir del mismo Richards, el desencuentro comenzó hace 40 años porque... Jagger se acostó con la esposa de Richards, (la hermosa y sensual Anita Pallenberg) en la casa de estos, en el fragor de la producción de las canciones que luego integrarían “Exile on Main Street”. Es bueno aclarar que Anita era la mujer de Brian Jones (fundador de los Rolling Stones, expulsado luego por “problemas con drogas” y muerto prematuramente a los 27 años) a quien se la arrebató. Richards (¿por venganza?) se acostó con Marianne Faithfull, quien era mujer de Jagger.

La relación con Brian Jones fue una etapa difícil. Por lo que cuenta Richards, era un hombre acomplejado, que se creía (con razón o sin ella) el líder de los Stones y así lo hacía ver frente a productores, disqueras. Era de carácter difícil y problemático. Jones era talentoso, tocaba una variedad de instrumentos…pero el dúo compositor Jagger/Richards se convirtió en parte importante de la esencia del grupo... Además que los problemas de Jones con la justicia relacionados con la droga casi hace que los Stones desaparecieran... (Aunque los propios desmanes de Richards también colocaron en situación terminal a la banda).

Un hecho curioso: la mayoría la las canciones realmente reconocibles de los Stones son aquellas en las que Brian era aún parte de la banda

Richards nos cuenta mucho sobre el proceso creativo, sobre la búsqueda de un sonido propio, los músicos que lo marcaron. Sus adicciones y su lucha para librarse de las drogas… Su relación con Mick, que en apariencia cordial, pero llena de desencuentros. Los motes de “Brenda” y “Her Majestic” que Richards le endilga a Jagger, no son precisamente de cariño.

El libro es capaz de arrancar unas cuantas carcajadas, pero también es muy humano, especialmente en los temas personales de Richards. No pretende ser una apología, ni quiere pedir disculpas por nada… Simplemente quiere contar su vida como la recuerda.

El valor de un Documental: Raygun Breaking Badly

 Cuando una obra audiovisual es etiquetada como “Documental”, en cierta manera se genera una expectativa de que estamos ante un análisis de ...