Tal vez uno de los libros que buscaba
afanosamente siendo un joven lector por los años 1980, era este de Jorge
Edwards (Chile, 1931). Los intelectuales latinoamericanos de entonces lo
tomaban como una lúcida expresión de lo que se había tornado la pequeña utopía
localizada en nuestro colorido vecindario: un régimen estaliniano tropical. Esa
edición que alguna vez tuve se extravió entre viajes y mudanzas, pero celebro
una nueva y muy agradable edición impresa en Venezuela por la editorial “El
Estilete” (Agosto 2017), porque este es un libro que vista la historia de los
últimos lustros en Venezuela, no nos debe resultar extraña y hasta puede darnos
una visión para entender nuestra circunstancia, tomando en cuenta cómo nuestro
destino como nación fue unido a la fuerza con el de otra nación (o más bien con
un régimen político hoy en día decadente pero no por eso exento de fortaleza y técnicas
perversas aprendidas del régimen soviético).

Aunque ya para el tiempo en que tuve
oportunidad de leer el libro por primera vez, ya había evidencias
incuestionables del tipo de gobierno que estaba instalado en La Habana (el
juicio a Heberto Padilla, el del General Arnaldo Ochoa más los presos políticos
son algunas de ellas), Fidel Castro y su revolución seguían creando debates y
controversias más aun entre los intelectuales. Por un lado, teníamos a un
García Márquez o un Julio Cortázar apasionados y más aún fascinados con la
portentosa presencia y personalidad magnética de Fidel, y otro grupo de
desencantados que observaban y presenciaban, entre los que estaba el mismo
Edwards y Mario Vargas Llosa. Incluso, es bueno recordar que en 1989 un grupo
de “intelectuales” venezolanos (la mayoría de ellos ahora reniegan tanto de la
versión venezolana del Castrismo – el chavismo- como de su molesta y descarada
injerencia en los asuntos venezolanos) firmaron un manifiesto bastante
lisonjero y cursi de bienvenida a Fidel Castro, invitado por el entonces electo
presidente Carlos Andrés Pérez-CAP- para la toma de posesión del cargo. Con el
curso de los años, el mismo CAP se daría cuenta que traer a Castro fue un “beso
de la muerte”.
Es imposible no establecer un paralelismo y ver
coincidencias entre el proceso cubano y venezolano, aunque sus orígenes sean
muy distintos. El primero en una lucha armada contra la dictadura de Fulgencio
Batista. La segunda por medios democráticos, pero en medio de un gran
descontento colectivo por una crisis económica que ya iba para su segunda
década. Pero en ambos casos nos encontramos ante caudillos “esclarecidos”,
“iluminados” pues son profundamente mesiánicos y destinados a guiar a su pueblo
por una senda de felicidad, pero rodeada de los más encarnizados enemigos. En
ese tránsito, todo el país queda sometido a la voluntad de un solo hombre.
La Revolución Cubana (1959) generó un gran
entusiasmo entre los intelectuales de nuestros países, porque se veía en ella
la posibilidad de instalar un socialismo con rostro humano adecuado a nuestra idiosincrasia,
a pesar de la presencia de USA a escasos 150 Km, cuyos gobiernos, desde los
inicios de esa Revolución, veían con desconfianza a los nuevos líderes de la
isla. Mucho ocurrió entre el momento que nace la revolución y el año 1970,
momento en que se toman las primeras medidas para restablecer las relaciones
diplomáticas entre Chile y la Habana, con lo que Edwards tuvo mucho que ver.
Cuba ya sufría un embargo desde mediados de los
años 1960, por decisión de la Organización de Estados Americanos. Pero en el
año 1970 llega al poder Salvador Allende, quien era simpatizante del la
Revolución. Una de sus primeras decisiones como Jefe de Estado fue la
reapertura de la embajada para restablecer las relaciones diplomáticas entre
ambas naciones, hecho de por sí importante para Cuba, por el aislamiento que
sufría en el plano regional.
Persona Non Grata son las memorias de Edwards, como
encargado de negocios nombrado por Salvador Allende para que realizar las
gestiones necesarias para esa nueva etapa de las relaciones entre ambos países.
El libro de Edwards comienza precisamente el momento en que viaja de México a
La Habana con tal misión, y la primera sorpresa que se lleva es que los
funcionarios de Aduana, tratándole con una fría cordialidad, desconocían por
completo de su arribo para iniciar labores tan significativas para Cuba.
Aunque Edwards es un diplomático de carrera, su
verdadera vocación es la de escritor. Al llegar a Cuba, sigue cultivando sus
relaciones con sus colegas literarios. Pero ya muchos de estos tenían una
oposición más crítica sobre la revolución (otros usaban la adulación y la
delación para escalar posiciones), especialmente el poeta Heberto Padilla,
quien, por ser una especie de celebridad nacional e internacional en ese
entorno, se consideraba inmune a posibles retaliaciones del gobierno. El tiempo
le demostraría lo contrario, aunque el “Caso Padilla” se convertiría en el
punto de quiebre entre importantes intelectuales de izquierda del mundo y la
Revolución Cubana, precisamente porque el mundo se da cuenta de sus ademanes
autócratas cercanos al estalinismo, y en ese contexto nos dice Edwards:
No nos dimos cuenta de que en Cuba, bajo nuestras propias narices, se
instauraba un sectarismo de otra especie, mucho menos cruento que el de Stalin,
pero con más de una semejanza en los mecanismos esenciales. Y la primera de
aquellas semejanzas era nuestra forma de comulgar con ruedas de carreta,
aceptándolo todo para evitar a cualquier costo la ruptura y la exteriorización
de la divergencia.
(P. 63)
Edwards relata cómo, frente a las promesas que
se le hacen de darle las facilidades para su misión, va encontrando cada vez
más obstáculos para concretarla. Pero en medio de estas trabas burocráticas,
Edwards va descubriendo la realidad de los pretendidos logros de la revolución
y su verdadera naturaleza.
Un rasgo fundamental es que se trata de una variante
más de los caudillismos mesiánicos que ya se han visto en nuestra región, pero
con nuevos elementos derivados del fascismo y del estalinismo. Todo depende de
la voluntad del caudillo, pero su visión esclarecida no es seguida por sus
colaboradores. Sobre esto cuenta Edwards:
Alguien me observó hace poco que el problema de Cuba consiste en que
todo debe resolverlo Fidel. Nada camina sin la intervención del Comandante. Él
es un estadista excepcional, pero la isla estaría paralizada por la mediocridad
de los cuadros intermedios. (P. 110)
El país completo queda entonces sometido a la
voluntad de un solo hombre, que por lo general no acepta críticas de buena
manera, y burócratas que solo quieren complacer al caudillo. Pero esta
disfuncionalidad va creando nuevos problemas que no se terminan de resolver y
se van creando otros nuevos que se acumulan con los existentes.
Junto con esto (o como consecuencia de), el
régimen deja de confiar en las instituciones y su idea de gobernar es que todas
ellas estén controladas y sean sumisas a la voluntad de uno y esto se
transforma en algo natural para cualquier burócrata “Revolucionario”. Por
ejemplo, en un pasaje del libro, ante las dificultades políticas (normales en
una democracia) para Allende de nombrar al nuevo Embajador de Chile en Cuba, un
funcionario lo reconviene así:
-
Y ustedes chico- me observó uno de
ellos- ¿No pueden cerrar el Senado?- No hay duda de que la debilidad de nuestro
Ejecutivo frente al Senado le parecía inadmisible, escandalosa. ¿Qué clase de
revolución era esa? (p.
127)
En cuanto al tema económico para estas “Revoluciones”
de corte marxistas-leninistas, terminan todas, sin excepción, creando un caos
por la escasez y luego carencia, de cualquier producto, en especial los de
primera necesidad. Relata Edwards:
“El otro elemento francamente negativo, y mucho más serio, puesto que reflejaba
la dura realidad económica después de doce años de Revolución, fue el encuentro
con la calle durante las salidas libres: escaparates y almacenes vacíos, largas
colas en los cafés, deterioro maloliente de La Habana Vieja (p. 228)
(…) Lo evidente era que los marinos [del
Escuela buque de Chile de visita en Cuba], que venían de un país que iniciaba
el camino al socialismo, no se llevaban después de cinco días en Cuba una
imagen del socialismo que pudiera seducirlos. Era una de las conclusiones
indiscutibles de la visita.
El control social férreo es otro punto sobre el
cual los fascismos (de izquierda y de derecha, sobre este punto se hermanan)
buscan perfeccionar para eliminar cualquier traza de oposición y crítica al
régimen.
“Fidel
no quiso mencionar expresamente a Stalin, pero sugirió con toda claridad,
quizás para amedrentarme, y para amedrentar, por mediación mía a mis amigos
cubanos, que la política cultural de la Revolución ingresaba en un período
estalinista…”(p. 298)
Persona Non Grata, aunque escrita para dejar constancia
de lo que ocurrió en un tiempo y una realidad concreta, es un documento concluyente
sobre las realidades de estas revoluciones que llegan empuñando la bandera del
futuro promisorio “después de la
espontaneidad inocente de los primeros años, muerden el fruto pecaminoso que la
serpiente de la historia les pone a la vuelta del camino… (p.312)” concluye
Edwards.
Jesús López Cegarra